Había cambiado los finos rizos de Marta por el pelo moreno a lo Superman de mi hermano Pablo. Era sábado, hacía justo
una semana que mi novia me había dejado y ahora mi hermano intentaba animarme y
convencerme para que saliera con él y sus amigos. La verdad es que con 19 años
te afecta todo, pero mi hermano Pablo tenía 21, solo 2 más y no sé como lo hacía
pero nunca le afectaba nada y todo le salía bien. Envidiaba a mi hermano pero
también era mi ídolo.
– Venga Dani, vente, hoy voy a intentar
follarme a Andrea si se deja, yo creo que hoy cae… – hizo una pausa pícara – y
tiene una amiga que está muy buena, yo haré que la conozcas que lo necesitas –
sonreí animado – lo malo es que solo me queda un condón – rió a carcajada y me
hizo reír a mi.
Aunque solo había estado unos meses con novia, ya no
sabía como se vestía uno para salir a ligar. Me arreglé todo lo que pude, pero
vi a mi hermano superguapo y me sentí como el hermano pequeño que soy. Seguro
que él podía tener a muchas chicas… fuimos en su coche. Sus amigos Marc y Jose
eran divertidos, me reí un montón esa noche. Andrea no apareció por allí así que
mi hermano se dedicó a arrastrarme a cazar chicas, pero al final no hubo ninguna
presa. Todos bebimos mucho, pero sobretodo yo, o al menos yo parecía el más
borracho.
Volvíamos a casa tarde, conducía mi hermano, dejó a los
amigos en sus casas cuando íbamos a la nuestra le pedí que diéramos un vuelta o
que tardáramos un poco más porque no quería entrar a casa en ese estado. El
insistió en que no se darían cuenta nuestros padres, pero yo no quería y al
final paró en un parque a las afueras a esperar que se me pasara un poco.
Estábamos medio dormidos, apoyé mi cabeza entre su asiento y su hombro porque me
mareaba menos. El reclinó un poco su asiento para descansar mejor y mi cuerpo se
volteó.
Ahora mi cabeza había caído sobre su vientre de gimnasio.
Pude percibir un enorme bulto en su pantalón y sin saber porqué me puse nervioso
y me excité al mismo tiempo. No sabía si levantar mi cabeza de allí mientras
notaba mi pene crecer en el interior de mis boxers. Joder! Mi hermano tenía una
erección tremenda y yo estaba reaccionando igual. Nunca hubiera imaginado tener
tremenda erección yendo borracho como iba.
– ¿Cómo va el mareo? –
preguntó mi hermano. No respondí y él acarició mi cabeza levemente para que me
percatara de su pregunta por si me había dormido. – ¿Dani? – volvió a preguntar,
pero yo no quería romper con palabras la magia que sentía.
Unos
minutos después yo movía mi cabeza muy suavemente casi frotando mi mejilla cerca
de su bulto. Pablo respiraba como dormido. No sé bien si yo quería saber que
pasaría o si no sabía lo que hacia pero me acaricié el pelo dejando caer la mano
lentamente sobre su bulto caliente. Mi hermano no se inmutó y me entraron unos
incomprensibles deseos irrefrenables y lujuriosos.
Estaba confuso,
pero lo hice, mi mano frotaba suavemente aquel bulto deseoso de encontrar sexo y
aunque no le veía la cara, él seguía como dormido. Seguí acariciándole por
encima del pantalón muy suavemente imaginando toda clase de cosas. Creo que
estaba dispuesto a ser la Andrea que él no había tenido aquella noche y solo
pensaba en lo extrañamente excitado que me sentía.
De repente movió
sus brazos y como un acto reflejo, me detuve y aparté la mano con un miedo
intenso. El corazón me dio un vuelco y el silencio se rompió cuando su mano bajó
lentamente el cierre de su pantalón y apartando los bóxer ayudó a su polla a
asomarse delante de mi cara. Seguidamente reclinó el asiento un poco más y se
quedó en silencio. Tremendamente sorprendido y sin mirarle acerqué mis labios
hasta la punta de aquel trozo de carne grueso y caliente. Mi lengua saboreo
tímidamente la suave piel de su polla y sin pensarlo dejé que mi boca explorara
aquel tamaño.
Mi hermano respiró fuerte cuando me la metí en la boca.
Moví mi lengua con su polla en el interior durante unos segundos y entonces
empecé a mover mi cabeza levemente recorriendo su carne con mis labios y lengua.
Pronto me encontré en el más perverso de mis deseos; estaba mamándole la polla a
mi hermano. Le oía respirar entrecortadamente. Me incorporé un poco y me ayudé
de la mano para masturbarle mientras mamaba. No solté su polla de mi boca ni un
momento y cada vez se lo hacía más rápido. Hasta yo me sorprendí.
–
¿Puedo correrme en tu boca? – preguntó muy despacio, después de un gemido y con
su mano dirigiendo el movimiento de mi cabeza. Yo seguí a mi ritmo para no
parar, era obvio que yo lo quería, ya que estaba haciendo algo que aún no me
creía, quería hacerlo bien. No pasó un minuto cuando ahogó un gemido entre sus
dientes, entonces yo le apreté la polla hacia abajo y me quedé quieto.
Un chorro de semen inundó mi boca, tuve miedo de tragar y en el
segundo tuve que liberarme. Aparté mi boca tragué y cayó un poco de semen en el
asiento y las siguientes salidas cortas de semen cayeron sobre mi mejilla. Nos
limpiamos con unos pañuelos de papel que llevaba en la guantera y le pedí
disculpas por ensuciar su asiento, porque sabía que él apreciaba mucho la
tapicería de su coche, pero no se enfadó. Más o menos una hora después volvimos
a casa sin decir nada. Antes de acostarme, me masturbé en el baño imaginando
como sería follar con mi hermano.
Aunque me costara comprenderlo, me
gustaba lo que había ocurrido pero también tenía miedo, miedo de que se enterara
alguien y miedo de saber que pensaría al día siguiente mi hermano. Me había
gustado hacerle disfrutar y quería hacerlo más, pero no sabía que pensar sobre
mi sexualidad. Apenas pude dormir y creo que él tampoco. Su cama estaba en la
misma habitación a un metro de distancia de la mía. Le oí dar vueltas toda la
noche. Creo que por el cansancio al final dormí un poco.
Era muy
tarde cuando me desperté, mi hermano no estaba en su cama. Y como casi todos los
domingos, seguramente mis padres se habrían ido a pasar el día con los vecinos
en su chalet y nos habrían dejado comida en el microondas. Me levanté y fui en
boxers y calcetines hasta la cocina a beber agua. Cuando llegué a la puerta vi a
mi hermano en chándal comiendo un sándwich. Nos miramos a los ojos unos segundos
en silencio. Después su mirada me recorrió hasta abajo y volvió a mis ojos. –
Dani… – dijo Pablo. – No digas nada – le interrumpí. Bebí agua y me fui a la
ducha.
Me sequé y salí de la ducha completamente desnudo. Volví a la
habitación y me acosté de nuevo. Estaba boca abajo cubierto por una sábana que a
los cinco minutos voló dejándome al descubierto. Era mi hermano. – Lo siento
hermanito, pero quiero más, esta mañana me he hecho una paja pensando en ti, no
puedo estar así… – dijo casi triste. Le miré sin moverme. Pablo estaba sin
camiseta y con la polla morcillona y grande fuera del pantalón de chándal,
tocándose lentamente. – Hazme lo que quieras… – dije en voz baja.
Mi
hermano salió de la habitación y cuando volvió yo no me había movido un
milímetro. Seguía desnudo boca abajo con las piernas medio abiertas y
flexionadas mostrándole mis genitales contra la cama y su deseada entrada
trasera. Lo que iba a dejar que ocurriera era demasiado para dos hermanos como
nosotros pero yo también lo deseaba, deseaba que ocurriera con la máxima
intensidad. Mi hermano ya estaba completamente desnudo al volver y traía unas
bragas de color violeta de puntilla de nuestra madre. Me cogió por los pies y me
las subió hasta ponérmelas.
Yo seguía igual sin moverme, dejándole
toda la libertad que pronto se cogió. Se acuclilló sobre la cama, conmigo entre
sus piernas y empezó a frotar su rabo cada vez más duro sobre las bragas de mi
culo, mientras me frotaba la espalda hasta el cuello con las manos. Cerré los
ojos. Cogió mis brazos y los tiró a mi espalda sosteniéndome cautivo. Percibí
que apartaba tela de mi trasero y sentí mi pene crecer morbosamente. Un pequeño
atisbo de saliva o algo mojado cayó en mi agujero y su dedo jugó repetidas veces
hasta entrar delicadamente.
Yo no le miraba. Me llevó una mano hasta
su polla dura para sentir como corría el condón hacia atrás en todo su tamaño.
Ahora su polla engomada anunciaba su entrada. Sentí como se deslizaba hacía
adentro, pero no me relajé lo suficiente. Tuvo que mantener la punta en mi
agujero, masajear mi ano y embestir muy suavemente repetidas veces. Alguna dolió
pero ya estaba adentro, sentía la polla de mi hermano más enorme que nunca
dentro mi culo. Era una sensación muy morbosa sentirme vestido solo con unas
bragas de mi madre que mi hermano me penetrara como si fuera una puta suya. Lo
sentí así y quería serlo.
Sentí mi erección crecer fuera de las
bragas y contra la cama. Casi me dolió, pero la sensación que provocaba Pablo en
mi interior al moverse hacia adentro y hacia fuera anulaba cualquier otra
descripción. Me apretaba fuerte de las nalgas y estaba empezando a tomar ritmo
cuando sentí mi pubis caliente. Gemí de forma ahogada con la almohada. El
orgasmo fluyó rápido en mí. Apenas me había penetrado cinco minutos y me había
corrido de las ganas que sentía y la sensación que me
provocaba.
Pablo se echó sobre mi, su pecho estaba sobre mi espalda,
sus brazos me atraparon por debajo de los míos y sus piernas más abiertas que
las mías me aprisionaban. El ritmo ahora tremendo, mi cama nunca había hecho
tanto ruido. Las embestidas eran cada vez más fuertes y rápidas. Sentía el calor
de mi hermano, su respiración fuerte y todo su morboso deseo recorrerme saliendo
y entrando una y otra vez. Diez minutos, quizá poco más fue lo que tardó en
correrse dentro del condón y dentro de mí.
Mi interior estaba
caliente. El aún estaba dentro. Se quedó quieto ahogando el último gemido,
apretándome fuerte sin soltarme. Mi hermano me había follado como a una puta,
tenía lo que él quería y yo se lo había dado con placer.
Seguía sobre
mi cuando su cara rozó mi oreja, salió de mi interior y se ladeó un poco
liberándome. Mi cabeza también se ladeó buscando mirarle pero antes mi nariz
rozó se pegó a su mejilla, sus labios rozaron mi cuello y entre ligeros roces
nuestros ojos se encontraron. Adoraba los ojos marrones de mi hermano, eran más
claros que los míos, eran casi miel. Creo que nunca los había tenido tan cerca.
Podía sentir su respiración mezclarse con la mía y el calor de sus
labios a escasos milímetros de los míos. Unos segundos eternos nos mantuvieron
recorriendo nuestras miradas inquietas, atravesándonos con la mirada de la
realidad que teníamos entre nosotros. No pude resistirlo, mi lengua mojó mis
labios y se abrieron lentamente buscando besar a mi hermano. Era más guapo que
nunca después de follarme. Pablo no se movió, pero acercarme esos milímetros fue
eterno.
Apenas rocé su boca cuando oímos unas llaves rodando en la
puerta de casa. El corazón me dio un vuelco, Pablo saltó de la cama y empezó a
vestirse como loco. Yo no sabía que hacer, estaba nervioso, así que decidí
cubrirme con la sábana y hacerme el dormido. Mis padres habían llegado y con
ellos mis inquietudes más grandes sobre lo sucedido. Mi madre se detuvo en la
puerta de la habitación me vio dormido y siguió. Pude escuchar a mi hermano
hablando con mis padres en el salón y viendo la tele durante un
rato.
Al poco rato me levanté y me di una ducha, era casi hora de
cenar. Cenamos. La cena transcurrió tranquila como siempre, con la diferencia de
que ahora mi hermano me follaba y no se me iba de la cabeza. Me sentía bien, mi
hermano cenaba a mi lado como siempre y mis padres enfrente, al otro lado de la
mesa cuadrada. Veíamos las noticias y discutían sobre política mientras
cenábamos cuando noté la mano de mi hermano adentrándose entre mis piernas
rozándome los genitales por encima del pantalón.
Inconscientemente
abrí más las piernas para dejarle hacer y el agarró fuerte mies huevos y no pude
evitar dar un pequeño sobresalto. La mano de mi hermano volvió fugaz a la mesa y
se rió entre dientes. – ¿Ocurre algo chicos? – preguntó mi madre. Si lo supiera…
no sé porque al pensar eso se me subieron un poco los colores. – No, nada –
respondí levantándome y yendo al baño para tranquilizarme. Me encontraba absorto
mirándome en el espejo del baño cuando apareció mi hermano.
– ¿En
que coño estás pensando? – pregunté entre confuso y enfadado.
– En que
polla estoy pensando – aguantó su risa.
– Para mi no es risa, me pongo
nervioso y no sé como llevar esto – dije asustado.
– Vaaale, vaaale… – me
abrazó y dejé que lo hiciera – perdona, es que no sé que me pasa, creo que me
estoy obsesionando contigo – me susurró.
No hablamos más. Volvimos a
la mesa y la cena transcurrió muy cotidiana. Pablo se fue pronto a dormir, al
día siguiente sería lunes y él tenía un trabajo por las mañanas, se levantaba
muy pronto. Yo estuve viendo la tele un rato con mis padres hasta que tuve
sueño. Era tarde, mi padre se había acostado también y mi madre se quedó viendo
la tele un poco más. Cuando llegué a la habitación no encendí la luz para no
despertar a mi hermano. Me quité la ropa y me acosté solo con los
bóxer.
A los pocos minutos me di la vuelta y mis ojos, acostumbrados
a la oscuridad dibujaron a mi hermano acostado de lado mirándome. La sábana solo
cubría su muslo y estaba desnudo masturbando muy lentamente su pene ya duro.
Suspiré. Mi hermano se levantó poco a poco para no hacer ruido, cerró la puerta
de la habitación, se arrodilló al lado de mi cama y mirándome me acarició el
pelo. Vi un brillo en sus ojos en medio de la oscuridad y de repente sus labios
encontraron los míos. A pesar de lo que había deseado ese beso, al principio no
reaccioné pero su boca me ayudó.
La puerta se abrió, pero mi hermano
fue lo suficientemente rápido para apartarse de mi boca, pero se quedó en el
suelo entre las dos camas. – ¿Qué hace la puerta cerrada? Os tengo dicho que…
¿Qué haces en el suelo Pablo? – la pausa de 5 segundos esperando respuesta para
mi fue eterna. – Se me cayó el reloj, mamá. – mi madre no dijo nada, dejó la
puerta abierta, apagó todas las luces y se fue a dormir. Pablo y yo quedamos en
silencio, cada uno en su cama.
El sabor dulce del deseo de besar a mi
hermano me rondaba y no había podido terminar. – El corazón me va a mil – dijo
Pablo en voz baja. Yo no respondí. – ¿Dani? – y yo estaba al lado de su cama.
Puse mis labios sobre los suyos y nos besamos lentamente, cada vez con más
fuerza. Mi hermano apartó su sábana y me colé encima de él, encima de su polla
dura mientras le besaba. Lo hacíamos muy despacio, sabíamos que nos podían oír.
Mis testículos aprisionados en los bóxer se frotaban contra su palo adelante y
atrás. Nuestras lenguas enredadas buscaban pasión. Era un beso dulce en la
oscuridad, la única forma en que Pablo se atrevería a
hacerlo.
Seguimos besándonos muy lento y frotando nuestros sexos muy
despacio hasta que pudiéramos estar seguros de que nuestros padres dormían.
Entonces le permití que apartara una nalga de mi bóxer y que su polla jugara a
buscar la entrada. Me separé de sus labios cuando noté mi agujero apunto de ser
penetrado. – Yo también quiero sentirme dentro de ti – le dije besándole el
cuello. No respondió, pero yo sabía que tenía sus dudas, que no se sentía
preparado y me rendí a ser suyo una vez más. Le ayudé a hundir aquel mástil poco
a poco.
Casi se me había olvidado la sensación y tan solo habían
pasado unas horas. Empezamos a movernos muy lentamente. Sentí el placer
exquisito y también el dolor agudo de no lubricarme bien. Volví a besar a mi
hermano y todo se volvió calentura y sexo reprimido que luchaba por ser
desenfrenado pero sin ruido. Sentía toda su polla al natural entrando y
saliendo. – No llevas condón, no te corras dentro ¿vale? – susurré entre mi
respiración cansada. Fue decir eso y en pocos segundos su polla liberó mi
agujero y empezó a chorrear borbotones de semen entre mi espalda y mi nalga
descubierta.
Encendimos la luz naranja de la mesilla y de un de los
cajones sacamos pañuelos de papel para limpiarnos. Cada uno a su cama tan feliz.
Yo no me había corrido esta vez, pero dormí como un chiquillo esperando el
caramelo nuevo del día siguiente.
Era lunes a mediodía. Volvía de
comprar un encargo de mi madre cuando me encontré con Marta. Marta la víbora.
Marta la hija de… así es como la había llamado los último días, pero la miré y
no me sentí cabreado. Nos sentamos en un parque y hablamos de cómo nos iba hasta
que ella desvió la conversación. Estaba arrepentida de haberme dejado y quería
saber si aún sentía algo por ella. La verdad es que extrañamente no me provocaba
ningún sentimiento bueno ni malo pero no le dije nada. Ella quizá pensó que no
decir nada era positivo e intentó acercarse para que la besara.
En
ese instante mi hermano pasaba por allí, se acercó y empujó a Marta. – ¿Qué
haces? ¿Qué quieres joder a mi hermano otra vez? – Marta se quedó blanca y sin
saber porque la defendí. – Déjala que no pasa nada – empujé a mi hermano atrás y
este me soltó un puñetazo que esquivé pero me dejó rojo el pómulo de la cara. Le
miré a los ojos y le vi rabioso. Respiraba cansado, me miró, la miró a ella y se
fu sin hablar. – ¿Qué coño le pasa a tu hermano? – preguntó Marta. – No lo sé… –
respondí fálsamente.
A mediodía Pablo y yo no hablamos, mientras
comíamos mis padres preguntaron por lo que tenía en la cara, pero mentí. Les
conté que había discutido con Marta y que da la rabia no había visto a un niño
con una bici y nos habíamos caído los dos. Y cuando terminamos de comer nos
sentamos todos delante de la tele y mi madre aprovechó para sacar un tema
delicado. – ¿Alguien me puede explicar que hacía un preservativo usado y mis
bragas violeta debajo de la cama de Dani? – mi padre hizo cara de saberlo. El
silencio fue sepulcral durante un momento, pero finalmente mi hermano dijo que
había invitado el domingo a una amiga cuando ellos no estaban y sin explicar
ningún detalle más se enfadaron bastante con él. Le iban a prohibir salir un
tiempo hasta que recapacitara sobre lo ocurrido.
Mis padres se fueron
a trabajar y teníamos unas cuatro horas antes de que volvieran. Creo que los dos
teníamos lo mismo en la cabeza y pensamos en saltarnos las clases. Aún así
seguíamos sin dirigirnos la palabra desde su puñetazo. Nos recostamos cada uno
en un sofá viendo la tele. – Oye, perdona por lo de antes… y gracias por n
contárselo a papá y mamá – dijo Pablo finalmente. Le miré solamente asintiendo
con la cabeza. – Oye ¿no vas a clase? – volvió a preguntar – ¿Y tú? – pregunté
yo. Hizo un gesto de indiferencia con los hombros. – ¿En que piensas? – yo ya lo
sabía, pero lo pregunté igualmente.
Mi hermano se acercó y me susurró
– en ti… – mientras su mano se deslizaba entre mis piernas hacia debajo de mi
culo acariciándolo sobre el pantalón. Estábamos dándonos besos cortos cuando
dije – ¿Sabes? Estos días me duele – mi hermano no le dio importancia – Eso te
lo curo yo ahora – dijo de forma divertida desabrochando mi pantalón y sacando
mi pene afuera. ¿Iba a chupármela?. Me sorprendí. Efectivamente su lengua
acarició mi punta y poco a poco fue metiéndola en su boca. – ¿Sigue doliéndote?
– pregunto de forma pícara. – Lo decía en serio hoy tenía un poco de sangre
cuando fui al baño – Pablo se asustó.
Después de discutir un rato me
convenció para que fuéramos al médico ahora que no estaban nuestros padres. Lo
vi como una buena idea y fuimos. No había gente en la consulta y nos atendió
enseguida el Dtor. García. Mi hermano esperó fuera y después de comentarle el
asunto me hizo acostar en una camilla para un examen rectal. Tenía las manos
grandes y frías. Me sentí avergonzado cuando me di cuenta que estaba con las
piernas abiertas y en alto mostrándoles los genitales y el ano al
médico.
Sus guantes de látex se untaron con algo viscoso y sus dedos
jugaron en mi ano para relajarlo mientras me hablaba de forma calmada para que
no me pusiera nervioso. Algún aparato metálico con luz examinaba ahora mi
delicada entrada. No sé si por sentirme tocado por un extraño o por otra razón,
pero m excité mínimamente aunque no quería. Mi pene creció un poco. El doctor
García se percató, sostuvo mi pene con una mano y lo soltó sonriendo – Eso es
normal, chaval – me guiñó el ojo.
Me dejó vestirme de nuevo, me
preguntó seriamente si tenía relaciones sexuales anales y yo me quedé blanco. –
Da igual, no respondas – dijo el doctor para despreocuparme – si juegas por ahí
lubrica bien la zona, como solo es una pequeña fisura en la entrada, ponte esta
pomada cada noche en la zona exterior – asentí con la cabeza obedeciendo – ya
sabes que conozco a tu padres… – me asusté – no les diré nada, tranquilo, pero
me gustaría que volvieras en un par de semanas para asegurarnos de que todo está
bien ¿vale? – me guiñó el ojo de nuevo. Sonreí aunque lo único que me pasó por
la cabeza es que el doctor ese era muy grande debía tener un pollón. Sonreí
más.
Cuando salí le conté todo a mi hermano, fuimos a casa y por el
camino le dije – Creo que estoy pervertido me imaginé la polla de ese doctor –
mi hermano rió a carcajada – ¿Pues sabes que pensé yo el otro día? – le miré
extrañado – ¿Nuestro padre la tendrá muy grande? – reímos los dos como niñatos
haciendo bromas. – Bueno, bueno, me he puesto cachondo otra vez, vamos que me
debes terminar lo que empezamos – le dije a Pablo. Reímos de nuevo y llegamos a
casa.
Nada más entrar mi hermano andaba hacia atrás por el corredor
de casa estirándome del pantalón. Yo abrí mi botón. Se detuvo y arrodillándose
bajó mis pantalones despacio. Lamió desde mi ombligo hasta mis bóxer pero no los
bajó, simplemente los apartó y mi pene casi erecto se mostró delante de él de
nuevo. Sus manos agarraron mi cintura y me empujaron a la pared. Arqueé mi
espalda y su boca atrapó mi sexo. Enseguida lo soltó y lamió hacia abajo. Oh!
Dios! Que sensación tan cálida, su lengua y su boca aprisionando mis
testículos.
Estaba tan excitado que cuando se volvió a meter mi pene
erecto en su boca, agarré sus cabellos con fuerza y empujaba al ritmo. Durante
unos minutos no le dejé soltarme, me sentía al máximo. Tanto que le ahogué
durante un segundo y tosió. Mi hermano se levantó y su mano me cogió detrás del
cuello – No te pases Dani – me sentí culpable. Nos miramos fijos a los ojos y de
repente me besó casi mordiéndome el labio. S otra mano atrapó de nuevo mi
erección y frotándome contra él mientras nos mordíamos la boca, me corrí en su
mano y en el suelo.
Limpiamos todo aquello por experiencia y nos
fuimos a dar una vuelta antes de que llegaran nuestros padres. Hablamos largo
rato sobre lo que nos gustaría seguir probando y como llevarlo mejor. Esa noche
queríamos volver a disfrutar, pero nuestros padres se acostaron tarde y nos
dormimos antes. Mi hermano me contó un sueño extraño con nuestro padre. Yo había
soñado con el médico tocándome de nuevo, pero no se lo conté. Mi hermano estaba
cada vez más obsesionado. ¿O era yo?
El domingo me levanté realmente
tarde y perezoso. Mis padres y mi hermano ya habían comido y a mi me esperaba un
plato en el microondas. Me puse lo primero que vi en el armario y un flash
atravesó mi mente. Mierda! Los pantalones de anoche! Fui a la lavadora y aún
estaba en el bolsillo el número de teléfono de Iván. Lo guardé mientras dudaba
que hacer. Me encontré a mi hermano en el corredor – ¿Qué? ¿Lo pasaste bien
anoche? – preguntó sin detenerse – Sí… – respondí sin ninguna ilusión. Fui a la
habitación y miré el número repetidas veces, me acordaba del beso, ¿Pero en que
pensaba? ¿Qué quería yo? Me sentía raro.
Sin pensarlo más decidí
quedar bien y escribirle un mensaje de saludo muy normal a Iván. No había
pulsado diez teclas cuando entró mi hermano y se sentó. Un temblor me recorrió
con el móvil en las manos y lo paralicé. ¿Pero por qué? ¿Le estaba engañando? –
¿Sabes? Papá y mamá me han liberado a partir de mañana – rió entusiasmado. Yo
sonreí mientras terminaba de escribir y mandar el mensaje. Me tumbé en la cama.
Mi hermano se puso en el ordenador. Un minuto tardó la respuesta: "hola yo
también lo pase bien anoche. a las ocho dejo a mi chica. te apetece
quedar?"
Creo que mi respuesta tardó como media hora para terminar
afirmativamente, no tenía nada mejor que hacer ¿o sí? pero me apeteció salir. Si
estaba con su chica no sé como me escribió tantos mensajes, es más, respondía
enseguida, pero nos pasamos tres horas venga el mensaje mientras yo intentaba
ponerme guapo. – ¿Vas a salir? – preguntó mi hermano – Sí, mis amigos que aún
les dura la borrachera y quieren salir a dar una vuelta. – sonrió gratamente,
más de lo que debía.
Me recogió a dos calles de mi casa y después dos
besos muy formales me preguntó si prefería cine o feria. – Jajaja, ¿feria? –
reímos los dos y decidimos que feria sería más divertido. Había una feria
pequeña en una ciudad cercana. Hablábamos un poco de nosotros y mientras yo le
miraba conducir embobado. Aunque se le veía diferente sin maquillaje era tal
como lo recordaba, me atraía realmente. Ya en la feria no subimos a ninguna
atracción, solo continuamos hablando y mezclándonos con la gente. Cuando me dijo
que tenía 27 años no me lo creí, parecía de mi edad o como mucho la de mi
hermano. Su cara de chiquillo era preciosa. Nos detuvimos a comprar algodón
porque le dije que a mi me encantaba desde pequeño. Él no compró pero yo le
ofrecí y cuando lo mordió, sus ojos atravesaron los míos de una forma tan
abrumadora que creo que el resto de gente fue lo único que impidió que nos
besáramos allí mismo.
Volvimos al coche y allí seguimos charlando
hasta que bromeé con el color de labios que llevaba la noche anterior, entonces
él sacó el pintalabios rosa del coche y se puso a pintárselos. – Me falta la
brillantina – dijo sonriendo. Yo me reí muchísimo, pero luego me miró y la risa
se convirtió en un silencio cómplice de sus deseos. No dejó de mirarme y
acercarse y yo le esperaba impaciente. Sus labios acariciaron lentos mi cuello y
yo le dejé abiertamente. Se separó para mirarme de nuevo, creo que quería
asegurarse de que yo quería y me acerqué más a él. Sus manos jugaron con mi
cabeza y su boca mordió despacio mis labios. Le abracé mientras nos calentábamos
con un beso de deseos desatados.
Su espalda tersa era presa de mis
caricias que se confundían con su lengua suave y dulce en mi boca y con mis
labios húmedos jugando a morder los suyos. Sus manos recorrieron también mi
espalda lentamente, pero llegaron a colarse en el hueco trasero de mi pantalón.
Yo ya estaba caliente, pero un escalofrío intenso me recorrió y me detuve. Nos
separamos unos segundos mientras agitadamente le explicaba que me estaba
tratando la zona anal y que era mejor esperar. Antes de terminar de contárselo
me hizo callar, dijo que no importaba y me sentí estúpido. Volvimos a besarnos
sensualmente pero esta vez sus manos se dirigieron a mi cinturón.
Sus
labios bajaron lentamente por mi cuello, ladeé la cabeza y cerré los ojos
mientras sentí su mano cálida extraer mi casi erección fuera de los bóxer. Sus
movimientos manuales y lentos la hicieron crecer un poco más sin dejar de
besarme el cuello. Y su boca no tardó en atrapar mi erección. Su manó siguió
adentrándose aprisionando mis testículos. Me sobresalté mínimamente y sus labios
ya no cesaban recorriendo mi pene absolutamente erecto y deseoso. Le acaricié
sus cabellos mientras seguía succionando con fuerza. Su boca cálida y suave se
desplazaba rápida salivando mi pene apunto de explotar y ayudándose con su mano.
– Puedes correrte en mi boca si quieres – dijo separándose unos segundos y
acercándose a mi boca de nuevo – ¿No te importa no? – preguntó.
Negué
con la cabeza y entonces me besó. Su mano no dejaba de masturbarme y el morbo de
aquel beso loco hizo que casi me corriera. Aparté su mano para que eso no
ocurriera pero entonces su boca volvió a mi pene enrojecido. Esta vez fue tan
rápido que me dejé llevar. Nunca me había corrido en la boca de nadie, ni de una
chica. Chorros de semen infinito es lo que sentí liberarse en medio de una
suavidad húmeda jamás descrita. Creo que incluso moví el culo del asiento casi
follándole la boca mientras me corría. Aquella experiencia me marcó
profundamente y quería hacerle a él igual de feliz si había una próxima vez. Se
hacía tarde y no quedamos en nada concreto. Quizá le llamaría yo de nuevo si no
lo hacía él.
Cuando llegué a casa ya estaban cenando y me senté a
cenar también. – Vaya días llevas que no paras de salir – dijo mi madre.
Entonces me sorprendí – Sí, se ve que tiene muchos amigos – dijo mi hermano. Le
miré preocupado pero él a mi no. En toda la noche Pablo no me dijo nada. Mierda!
Le pasaba algo y esperaba que no fuera que sabía algo, no podía ser. Ya cuando
nos acostamos intenté decirle algo pero tenía la sensación de que me ignoraba
hasta que dijo – Ah! Por cierto, te has dejado el móvil y llamaron tus amigos a
casa preguntando donde estabas – me quedé tan blanco que hubiera podido brillar
en la oscuridad. Encendí la luz de la mesilla y cogí mi móvil – Tranquilo que no
lo he mirado – dijo algo reacio. Le creí, pero me preocupé. – ¿Estás enfadado? –
vaya pregunta se me había ocurrido. Pablo no respondió.
La siguiente
semana transcurría tensa entre mi hermano y yo, ya que él no estaba por la labor
de hablarme y yo no sabía como comportarme. El lunes por la tarde llegó a casa
con un amigo que yo no conocía y me hizo salir de la habitación. Aquello me
enfureció porque estaba seguro de que lo había hecho a propósito. Y había
conseguido lo que quería. El martes se repitió la escena y me sentí herido y
rabioso. El miércoles no esperé que sucediera y salí a dar una vuelta solo, así
que decidí pasar por el médico. Había mucha gente pero me revisó de una forma
rápida y desinteresada que no me gustó y cuando terminó dijo – Hay mucha gente
hoy, no te cobraré la visita ¿Qué te parece si vienes sobre las ocho que cierro
la consulta y exploro eso mejor? – aquel atrevimiento, aunque quizá lo deseara,
me asustó un poco, pero era la forma perfecta además de molestar un poco a
Pablo. Accedí tímidamente a la oferta del doctor. No paré de vagar hasta las
ocho que volví a la consulta. Ya no había nadie. Me asomé a la puerta y el
doctor estaba recogiendo.
– ¿No me toca doctor? – dije bromeando
– Sí, ponte ahí – sonrió elegantemente.
–¿Me acuesto en la
camilla esta? – pregunté esperando un sí
– No es necesario, simplemente
bájate los pantalones y apóyate – y así lo hice
Me sentí entre
estúpido y excitado con los pantalones y los bóxer por las rodillas, de pie
frente a una camilla y reclinado sobre ella. El doctor cerró la ventana y la
puerta de la consulta. Volvió, y entonces sus manos grandes se posaron en mis
nalgas y pude percibir que eran frías y no llevaba guantes de látex. Me masajeó
suavemente las nalgas abriéndolas, entonces se acercó y sentí su fino pantalón
abultado pegado a mi trasero. Durante unos segundos no se movió y yo tampoco,
aunque creo que esperaba algún reacción de mi. Eso le dio paso a estirar sus
manos que se desplazaban por el interior de mi camiseta. Me incorporé con mi
espalda en su pecho y sus manos alcanzando mis pezones en el
interior.
Mi cabeza se fue sola hacia atrás y una de sus manos se
deslizó hasta su bragueta, sacando un enorme trozo de carne caliente que se pegó
a mi culo. Me pellizco un pezón con su mano interior y la otra acariciaba mis
genitales que se excitaban por momentos. Un movimiento de vaivén continuo me
excitaba sintiendo aquel pollón creciendo detrás mío. El doctor de cabellos
abundantes y grises olía mi cuello mientras no dejábamos de movernos, entonces
me reclinó de nuevo sobre la camilla, bajó más mis pantalones y mis bóxer y jugó
con su polla entre mis nalgas. Yo abría las piernas sintiendo que aquello era
grande para mi.
De repente salieron un preservativo y un tubo de
crema. Esos segundos se me hicieron eternos pensando como lo sentiría, entonces
una crema fría y muy líquida recorrió mi entrada anal con la ayuda de sus dedos.
Sentí la goma del condón posarse sobre la misma entrada y empujar lentamente. No
sabía si estaba entrando hasta que mi ano nervioso volvió atrás la punta de
aquel pollón. Me relajé, respirando fuerte y entraba de nuevo, esta vez con más
fuerza. Gemí levemente, pero mi culo estaba siendo invadido lentamente. El
doctor apretaba las nalgas con fuerza hasta que sentí que mi culo tocaba al
final sus muslos, su vientre. Me había llenado y cuando empezó a moverse hacia
atrás sentí lo grande que era.
Estaba caliente, empecé a masturbarme
yo mientras sus manazas me sujetaban y los movimientos se volvían más ligeros.
Dios! Como entraba y salía de mi trasero algo tan enorme! Ahora toda su polla se
deslizaba fácilmente. Entonces sus manos bajaron hasta mis genitales
apretándolos con morbo y yo me cogí fuerte a la camilla. Sus penetraciones se
volvían intensas y el ritmo era tan adecuado que quería que no terminara nunca.
Mi pene no estaba completamente duro, pero su manaza hizo que me corriera allí
hacia el suelo sin poder verlo, mientras él doctor detenía su polla dentro de
mi. Mis contracciones casi le echaron fuera pero cuando terminé de correrme
siguió con los movimientos. Esta vez eran más bruscos y él respiraba cansado. Me
sentí en una nube. El doctor me agarró fuerte y en varias embestidas casi me
levantó. Sentía que estaba a punto de correrse y cuando salieron de su boca esas
palabras actué por mi cuenta. Me desenvainé de aquel pollón que apenas había
visto y me di la vuelta. Era grande de verdad. Me metí la mitad en la boca y sin
moverme, masturbé el resto con la mano sobre el condón. No tardó en volverse un
condón caliente y elástico en mi boca. El doctor ahogó un par de gemidos y yo me
prometí a mi mismo que aquello solo había sido una locura pasajera.