miércoles, 28 de octubre de 2015

Pajas fraternas y..


Los protas de esta historia: mi hermano uno de sus amigos y yo..

Era verano. No recuerdo muy bien cuál fue la causa o qué conversación nos traíamos para que ocurriese lo siguiente. El caso es que, una tarde que estábamos los tres, el amigo de mi hermano propuso que nos viéramos la polla (no sé si lo comentarían antes entre ellos o salió de sus conversaciones espontáneamente). Yo ya había comentado que había visto a niños en mi clase que se pajeaban en sus pupitres tapándose con un cuaderno o con un libro…, pero que bastaba con mirar un poco para ver como movían sus brazos, y si estabas al lado, les veías todo, como se pajeaban. A mí me resultaba chocante…

El caso es que, el amigo de mi hermano había propuesto que nos viésemos las pollas, y me preguntaron si quería ver las suyas. Yo decía que sí, pero tampoco estaba muy entusiasmado en enseñar la mía. Además, la diferencia de edad era mucha (en esas edades, se nota mucho). Iba a ser un ratito, más como curiosidad de los tres (más bien, ellos tenía curiosidad en ver cómo la tenía yo, y yo tenía curiosidad en ver las suyas). Como estábamos en mi casa, y no era un lugar muy discreto, la cosa fue rápida. Nos bajamos ropa y gayumbos y ahí estuvimos enseñando nuestros “asuntos”. Ellos saciaron su curiosidad y dijeron que qué pequeña la tenía (¡no te jode!, pues claro que era pequeña). Yo ya sabía que mi pene era pequeño (bueno, normal correspondiendo a la edad que tenía), pero desconocía como era el pene de ellos dos, que eran penes adultos, ya desarrollados, con testículos colgantes (a mí ni se me veían) y pelos. Una vez que me sentí un poco ridículo con mi pene infantil, me subí la ropa y puse fin a mi exhibición. Me quedé mirando los dos penes adultos que estaban ante mí…, pero el sitio no era muy seguro y al rato ya estábamos los tres vestidos.

El día siguiente, también por la tarde (es que la hora de la siesta en verano es una hora tonta que no se sabe bien qué hacer…), estábamos solos mi hermano y yo, y me dijo él que si queríamos hacer otra vez lo mismo, enseñarnos los penes. Yo puse cara de hastío y daba largas porque realmente no soy muy exhibicionista y no me gusta enseñar. Me dijo mi hermano: - “Si quieres, no te quites la ropa; ¿me la quito yo?. No hace falta que me enseñes la polla”. Entonces yo dije que sí; si mi hermano me enseñaba la polla pero me disculpaba que se la enseñase yo, pues perfecto. Me salía gratis el espectáculo.

Y ahora había más discreción: estábamos en la habitación solo él y yo, y no había un tercero como el día anterior. Eso sí, seguíamos en la misma habitación y con el mismo peligro indiscreto de que alguien entrase en la habitación, así que teníamos que estar con la oreja puesta para oír los pasos de alguna visita imprevista. Entonces, mi hermano se bajó la ropa: pantalones cortos (no recuerdo si eran bermudas, bañador o pantalón de deporte. Era verano, y el pantalón era corto) y luego los gayumbos: y ahí apareció su polla gorda, con los huevos gordos colgando y los pelos negros que hacían que me fijase con atención. Obviamente, la diferencia con mi polla (la que tenía muy vista) era mucha pues la polla de mi hermano era la de un hombre adulto. Supongo que sería una polla normal, pero para mí me pareció un pollón muy grande…, y eso que estaba flácido. Como en esa situación no podíamos estar mucho tiempo, me sugirió que esa misma noche me la enseñaría mejor sin molestias de nadie que pudiera venir a la habitación. Pero antes de guardarse la polla, me dijo que se la agarrara. Yo no puse ninguna pega, pues tenía curiosidad. – “¿Te gusta?”, me dijo él, a lo cual yo respondí que sí. Proseguí: – “Es mucho más grande que la mía o la que he visto de mis compañeros de clase cuando se pajean”. – “Esta noche te enseño como se hace”, me aseguró mi hermano.

Y pasó la tarde…..

Y llegó la noche. Cada miembro de la familia estaba ya en su habitación (mis padres en la suya y nosotros en la nuestra), y ya sabíamos que teníamos todo el tiempo que quisiéramos si no hacíamos mucho ruido. – “Ya no se oye ningún ruido. ¿Me vas a enseñar ahora?”, dije a mi hermano. - ¿Ya estás preparado?”, me contestó mi hermano. – “Si”, contesté, y lo estaba desde la tarde, esperando que llegase la noche. Me daba morbillo ver la polla de mi hermano, tan grande, tan distinta a la mía, tan adulta. Era como participar en el mundillo de los “mayores”, tan oculto a los niños.

Por supuesto, yo ya había dejado claro a mi hermano esa tarde que yo ya no me iba a desnudar, y que mi polla era una birria de pequeña…, pero eso no era ningún problema para que mi hermano quisiera enseñarme la suya, cosa que me parecía muy bien (me pareció un gesto de generosidad suya). Pues eso: se bajó la ropa y los gayumbos y volví a ver ese pollón gordo, ancho, peludo y con esos huevos tan grandes (ahora entendía bien tantas frases hechas referidas a los “huevos” y los “cojones”. Los míos eran tan desapercibidos…, pero es que no tenía edad para tenerlos desarrollados. Pero, los de mi hermano sí estaban desarrollados: eso eran ¡huevos!).

- “Mira. Ven. Agárrame la polla”, me dijo mi hermano, y así hice yo. Con mi mano de niño, que no abarcaba el ancho de la polla, noté que estaba caliente.
- “Ahora, haz como te diga”, me siguió diciendo. Entonces, me puso su mano encima de la mía (que seguía agarrando su pene) e hizo el movimiento de mete y saca. Ahí empezó a salir el glande de su polla, que hasta ahora estaba oculto debajo de la piel del prepucio. Un buen glande, jeje, un glande grande… (comparado con lo que había visto). Pero la polla no estaba tiesa, sino que empezaba a hincharse. – “Sigue así, sube y baja, sube y baja”, me decía mi hermano mientras me dejaba sola a mi mano que fuese haciendo eso mismo a su pene. Y yo notaba con asombro como esa polla se empezaba a llenar de sangre, a hincharse, a descapullarse hasta que el glande sobresalía por fuera del pellejo. Mi asombro era mayúsculo pues ni mi polla ni las de mis compañeros de clase (de mi misma edad) eran parecidas ni por asomo. Es normal ese asombro para quien no ha visto antes una polla adulta, ¿no?.

- “Esto de subir y bajar, mete y saca… es hacer una paja”, decía mi hermano
- “Ya…, pero, jajaja, es tan distinto a lo que hacen en clase”, dije yo, refiriéndome a los pajeros de mi clase.
- “Pues yo te enseño a hacerme pajas y así me vas preguntando lo que quieras…, si tienes alguna duda. Mi polla es de hombre, no como la de tus amigos”, seguía diciendo mi hermano.

Y era cierto, que ese pollón no tenía nada que ver con lo que había visto. Se podría decir que yo estaba entusiasmado por ese misterio que tenía para mí solo entre mis manos. Era de noche, y nadie iba a estorbar. Así que, mete y saca, mete y saca, con mi mano fui pajeando a mi hermano, que tan a gusto estaba (los dos ganábamos: él por el pajote que le estaba haciendo, y yo por el misterio y la novedad que estaba descubriendo y que me sigue emocionando después de tantos años).

Lógicamente, le fui preguntando por el tamaño de sus genitales, tan bestiales (bestiales para mí, porque supongo que serían normales para una persona adulta), los peludo que era él (peludo normal, supongo, pero excepcional para un niño de 10 años que no tiene ningún pelo) y esos huevos tan gordo colgantes en la bolsa escrotal, que tanto me llamaba la atención. – “En unos años, ya te crecerá también a ti”, me aseguró mi hermano. Es cuestión de edad. ¿Y esos huevos?. Ahí se hace el semen, la “lefa”, que es un palabro que se decía, jeje, el esperma. Cuando los genitales se desarrollan, los huevos empiezan a fabricar esperma, que no tiene nada que ver con la orina. Tras una relación sexual con una tía o con un buen pajote, los huevos expulsan la lefa por la polla. – “ahhh, vale”, decía yo, que ya sabía algo pero tampoco tenía las cosas muy claras. Una cosa es la teoría (con 10 años) y otra cosa es la práctica, que es lo que estaba viendo. Mi hermano me aseguró que, tras un rato pajeándole, sus huevos iban a echar la leche por la polla. Me avisaría cuando pasara, pero lo iba a ver… y así fue. Tras unos minutos, 10 minutos o un cuarto de hora, me dijo: - “Mira la punta de la polla, que va a escupir leche”. Y así ocurrió: escupió porque lanzó unos chorretones de leche que fueron cayendo mientras mi hermano ponía cara de éxtasis (intrigado y con morbo emocionado atendía yo a estos momentos). Se me llenó la mano de semen, que cayó también en el suelo y en mi ropa. Me dijo mi hermano: - “no te preocupes, que no me he meado. La leche no es mala y le encanta a las mujeres. Vamos a limpiarnos, pero ya te digo que la lefa del hombre no está sucia y se puede beber”. ¿Se podía beber?, pensaba yo. Así se lo dije a él…

Esa noche fuimos a dormir…, mi hermano tras la eyaculación estaría en la gloria. Yo estaba excitado y emocionado. Ya me sentía un poco más mayor. A los dos días (o varios días después), mi hermano me volvió a susurrar al oído si quería que le enseñara la polla. Yo decía que sí (la mía no…, pero si es la suya, pues perfecto), y así él se sacaba la polla y yo ya sabía que hacer: agarrar ese gran pene, y menearlo hasta que se hinchaba que parecía que iba a explotar. Dependiendo del sitio, solo le pajeaba poco tiempo o todo el tiempo del mundo hasta que eyaculaba…, y es que no siempre le agarraba la polla en el silencio nocturno de nuestra habitación. Algunas veces, era en otras casas o era en otros edificios donde me decía si podía agarrar su polla. Por ejemplo: pocos días después, en casa de mis primos, me dijo que si le agarraba su polla (por supuesto, mi respuesta era SÍ) y nos íbamos al cuarto de baño donde durante poco tiempo (un minuto, dos o tres) yo le pajeaba un rato. Entonces no acababa en eyaculación porque no podíamos estar 10 minutos o el tiempo que fuese hasta que se corriese. Pero el chico salía la mar de a gusto (eso sí, marcaba un bulto inmenso debajo del pantalón, que hasta podría llamar la atención si uno se fijaba en su entrepierna). En esa misma primera semana en que le hice la primera paja, fue cuando probé el semen por primera vez:

Siempre que se corría y escupía la lefa por su polla, me decía que – “¡Cuánto desperdicio!. Toda esa leche sin que nadie la utilice”. Claro, yo pensaba: el esperma tiene su función, cuando se mete en el coño de las mujeres (la teoría ya me la sabía de la clase de Ciencias Naturales del cole, jejeje)…, pero ya me aclaraba mi hermano que también se podía beber, y que las mujeres solían chupar las pollas y beberse el semen. Yo no era una mujer, pero el semen y las pollas no entienden de eso. Si la leche de hombre está buena y tiene vitaminas (jojojo) pues todo es cuestión de probarla. Realmente, lo que sale de la polla parece que da un poco de asquito…, pero también da morbo, y más sabiendo que hay gente que se la toma. El caso es que, varios días después, en casa por la noche (o sea, con tiempo para eyacular) me dijo mi hermano que si quería darle unos chupetones a su polla. 

Yo, como no podía quejarme de la generosidad de mi hermano enseñándome tanto, pues no quise negarme: Acerqué mi cara a su polla erecta, con su glande hinchado a un palmo de mi cara… saqué mi lengua y di un lametón a esa cabeza de polla tan grande. – “Muy bien. Así, así. Chúpame el capullo un rato y luego métete mi polla en la boca”. Como me dijo, así hice: como no me dio ningún asco (ya hacía una semana que le estaba pajeando, así que ya tenía su polla bien vista), le lamí el glande mientras le sujetaba su polla con mi mano y al final ese capullo entró en mi boca, metiendo y sacando. Me daba morbo esa situación, que tanto placer daba a mi hermano. 

La paja se convirtió en una paja chupada: mientras pajeaba, el glande me lo metía en la boca, lo sacaba, lo lamía… Y llegó el momento de la eyaculación. Se corrió como tantas veces (lanzando chorros al aire y al final, derramando leche en mi mano). Esa vez, acerqué mi mano con semen a la cara…, lo olí, puse cara de intriga (realmente huele, pero no sabría decir a qué huele), di un lametón a mi mano donde había semen, o sea, lo probé… y como no me pareció que supiera mal, seguí lamiendo el semen de mi mano. Mi hermano aprobó que no me disgustara, y me dijo que hiciera lo mismo con su polla, que seguía saliendo leche a borbotones, e iba derramándose por su polla manchando sus huevos. Pues vale: como no me da tanto asco como podría esperar, pues le voy chupando la punta de su polla, y por todo el tallo de su pene hasta sus huevos. Primera vez que tomo semen. No es que esté muy rico, pero tampoco está desagradable.

Y, una vez que ya he tomado semen, pues de ahí que ya no me diera asco tomarlo otras veces (incluso el mío). Ese verano seguí haciendo pajas a mi hermano. Lo mismo estábamos en un centro comercial y me decía: - “Ven conmigo al lavabo, que se me ha puesto dura”. Nos metíamos los dos en el cuarto de baño, cerrábamos la puerta y se sacaba la polla para que le pajease. Y ahí, o le pajeaba un rato y luego salíamos…, o le pajeaba hasta el final y le chupaba la polla, tragándome el semen dejándole la polla limpia; el caso es que hubiese un poco de discreción, y que nadie nos viese metiéndonos juntos en el mismo wáter. Tenía que pajearle en silencio (no decíamos ni pío) para que no se notase nada. ¿Más sitios que no fuesen mi casa? En sitios públicos, solo podía pajearle poco tiempo (yo creo que a mi hermano también le daba mucho morbo que le pajease en esos sitios… o es que casi siempre estaba salido, jajaja): Ya he dicho que en algunos lavabos de centros comerciales; en los lavabos del colegio (pero aquí era poco tiempo porque siempre tenían mucho movimiento)… 

En casa de familiares…, pero siempre éramos los dos solos (un secreto de los dos que ninguno queríamos desvelar); en el campo; en la montaña (eso en verano, si hacíamos alguna excursión, siempre se la arreglaba mi hermano como para ir conmigo a algún sitio solitario y allí sacar su polla para que le pajeara, y, dependiendo de si había tiempo o no, correrse); en la playa (en la misma playa, no. Fue una vez dentro del agua). Yo me he pajeado años más tarde en el mar, sabiendo que de cuello para abajo no pueden ver desde la orilla qué hago con mi polla (y buenas ristras de leche he dejado para que se la beban los peces, jejeje). 

Con mi hermano, ahora que lo pienso, la situación era más exhibicionista, pues no es lo mismo pajearse solo dentro del mar, que te pajee alguien. Desde la orilla alguien nos podía haber visto demasiado juntos…, aunque tampoco tienen por qué pensar mal, pues éramos hermanos y podríamos estar jugando. Jejeje, pues sí, estábamos jugando, pero a unos juegos de mayores. Pues eso, que me dijo mi hermano en la playa que si le pajeaba y yo no dije nada porque no sabía dónde podría hacerlo. – “En el agua. Nos metemos en el agua y me pajeas allí”, afirmó. Y allá que fuimos…, y en un sitio sin gente a un montón de metros de la orilla, se bajó el bañador a la mitad de la pierna de modo que mostrase el culo y el rabo (cubierto bajo el agua. Desde lejos no se vería…, pero yo que estaba al lado, sí lo veía). Pues ahí que fue mi mano a agarrar ese pene que ya estaba tieso y, ¡hala!, a darle al mete y saca. No llegó a correrse porque tampoco estuvimos mucho tiempo con el pajote (supongo que al final no convenía estar mucho tiempo así)…, pero ese pajote bajo el mar me sigue emocionando con el tiempo y, ya lo he dicho, he llegado a hacerme pajas yo solo bajo el mar. Es un morbo especial…; te pajeas casi en público, jeje.



martes, 27 de octubre de 2015

Sin mariconadas eh..


-Hija de puta, calientapollas – gritó Juan entrando por la puerta

-¿Qué pasa, tío?

-Toda la noche metiéndole mano a Sonia y la muy jodía dice que tiene que irse, dejándome con el calentón.

-Jajajaja. Pues ya sabes, a lavar a mano

-Cabrón.

-Jajaja

Julio no dejaba de reírse mientras Juan se encerraba en el baño. Al poco tiempo, salía más relajado.

-Vaya desperdicio de paja, coño – dijo Juan, sentándose al lado de Julio.

Julio y Juan compartían un piso de estudiantes. Ambos estudiaban en la misma facultad, y ambos tenían los mismos problemas con las mujeres. Mojaban poco. Casi todas las noches volvían a casa de vacío.

Bueno, más que de vacío, llenos. Con los huevos llenos. Y como la inmensa mayoría de los jóvenes, se tenían que conformar con sus ‘cinco amiguitos’. Esos que siempre están dispuestos. Que nunca dicen que no. Nunca les duele la cabeza. Nunca están en ‘los días’. No tienes que decirles ‘te quiero’. No tienes que sacarlos a pasear, ni comprarles cosas. Además de conocen desde pequeñito. Saben la presión justa que tienen que hacer. Cuando apretar, cuando soltar. Ya lo cantó Roberto Carlos..”Sois mis amigos del alma realmente mis amigos”. Aunque la versión que conocemos la cambió por “Tú eres mi amigo del alma realmente un amigo”. ¡La censura!

Como todo joven que se precie, tenían su buena colección de revistas y pelis guarras. Al vivir solos, no tenían que estar escondiéndolas de sus madres, cosa por otra parte inútil porque ellas saben que las tienes. Como saben lo que haces cuando te encierras en el baño un buen rato y sales acalorado. Pero son buenas y se callan.

Y como buenos compañeros, se las intercambiaban.

Una noche que no tenían plan, estaban los dos viendo la tele, aburridos. ¿Y qué hace un joven aburrido que no tiene nada mejor que hacer? Pues ver porno.

-Juan, joder. Sábado por la noche y los dos aquí sin pillar cacho.

-Y encima en la tele no ponen nada, tío. Vaya mierda.
-¿Nos ponemos una peli?

-¿Rambo?

-Coño, no. Una porno, joder.

-Claro, para ponerme cachondo y tener que cascármela luego.

-¿No te la vas a cascar de todas maneras?
-Pues…sí

-Pues entonces al menos te calientas bien.

-Vale. Pero pon una bien guarra.

Julio rebuscó en su amplio repertorio fílmico.

-Ummm…gorditas..no….lésbicas…no…zoofilia…no estoy para animalitos…ummm ¡Ésta!

Puso una de japonesas. Le gustaban las japonesitas. Tan chiquitas, tan lindas. Y tan guarrindongas.

Se pusieron a ver la película. Cuando la primera japonesita ya estaba cubierta de semen, los dos tenían las pollas a tope, formando sus buenos bultos en los pantalones.

-Joder, Julio. Esta no la había visto.

-¿Es buena, eh?

-Uf, tengo la polla a reventar. Si no estuvieras delante me cascaba un pajote ahora mismo. Pero mira….si casi no se le ve la cara a la chica.

-Pues por mí no te cortes, tío. Dale al manubrio.

-Coño, me da cosa.

-Jajaja. No me digas que te da vergüenza que te vea la polla.

-¡Pues sí, qué quieres!

-Yo también estoy palote. Y no voy a esperar a que te vayas a la cama.

Julio, para asombre de su compañero, se bajó la bragueta, se sacó la polla y se empezó a hacer una buena paja mirando como la segunda japonesa era rodeada por docenas de pollas. Juan lo miró, incrédulo.

-Vaya, no te cortas ni un pelo – dijo Juan.

-Cuando estoy caliente me da lo mismo 8 que 80.

Juan miró la película. La chinita ( para él todas las asiáticas era chinas) abría la boca mientras chinito tras chinito se la iba llenando de leche. No aguantó más y sin mirar a Julio, se bajó la bragueta y se empezó a pajear también.

Julio lo miró de reojo.

-Al final te decidiste, éh?

-Uf, estoy a punto de reventar.

-Y yo. ¡ Coño, el papel!

Ninguno de los dos había previsto las consecuencias de las improvisadas pajas. Pero estaban tan calientes que ni tiempo de buscar algo tuvieron. Se corrieron encima, cada uno en su propio pecho, dejando los camisas bastante pringosas.

-Vaya corrida, tío.

-Pues la tuya no se queda atrás.

Los rieron con ganas. Se fueron a limpiar y a cambiar de ropa. Eran buenos camaradas.

No tardó mucho en presentarse otra ocasión parecida. Esta vez Juan ya no tuvo problemas en sacarse la polla y pajearse delante de su amigo. Y esta vez iban preparados con un buen manojo de papel para recoger el fruto de su compartido onanismo.
Las pajas juntos viendo películas se convirtieron al algo habitual. Superados los primeros temores y vergüenzas, empezaron los retos.

¿Quién no ha competido de pequeño con sus amigos para ver quien meaba más lejos? Pues una noche, mientras veían como dos preciosas rubias le comían la polla a un negrazo impresionante, Julio, el más lanzado, dijo.

-A ver quien se corre antes.

Juan era muy competitivo, así que aceptó el reto. Miraban la peli, y de reojo la mano del otro subir y bajar por su polla. Los dos querían ganar, así que las pajas eran furiosas. Llegó un momento en que se olvidaron de la película y cada uno miraba fijamente como el otro se masturbaba como un loco.

Ganó Juan, que lanzando un gemido de placer llenó su pecho de varios chorros de espeso y blanco semen. Segundos después, Julio hacía lo propio en el suyo.

-Jajaja. He ganado, he ganado – dijo Juan, contento y canturreando.

-Grrrr, sip.

-Coño!! ¿Y qué nos habíamos apostado?

-Jajajaja. Nada. No quedamos en nada.
-Capullo.

-Jajaja.

La siguiente sesión pajeatoria ( no lo busquen en el diccionario. No está) fue el punto de inflexión en la relación de los dos amigos. La película elegida no era para tirar cohetes. Más bien flojilla. Julio le soltó.

-Oye Juan..¿Por qué no nos hacemos una paja?

Juan lo miró, con el ceño fruncido.

-Coño, pero si llevamos 10 minutos meneándonoslas.

-No, me refiero a…yo a ti y tú a mí..Pero sin mariconadas.

Juan se partió de risa.

-Jajaja! Sin mariconadas. Como en Torrente! jajaja ( Torrente, para los que no lo sepan, es una película española en la que Torrente le dice a un chico “¿Nos hacemos unas pajillas?, pero sin mariconadas”)

-Va en serio, tío.

Juan se puso serio también.

-No me digas ahora que me has salido mariquita.

-Que no, joder. Pero estoy harto de cascármela yo, de no pillar un bueno chochito facilón, de no tener un puto céntimo para irme de putas. Somos amigos, ¿No? ¿Qué hay de malo? No somos homosexuales. Ni tú ni yo. Nadie se va a enterar..

-No sé, tío. Creo que se me aflojaría la polla si me la tocas.

-¿Probamos? Si no…nos gusta, lo dejamos y aquí no ha pasado nada.

Juan, aunque la peli no fuera muy buena, estaba bastante cachondo. Lo que su amigo le pedía le parecía raro, la verdad, pero con el rabo tieso hay menos sangre en la cabeza ( la de encima de los hombros) y se piensa con menos agudeza. Julio notó que su amigo dudaba.

-Si quieres empiezo yo.

-No sé..

Julio no esperó a que Juan se decidiera. Se sentó a su lado y alargó la mano hasta ponerla sobre la mano de Juan. Juan quitó la suya, y Julio cogió su polla.

-Pues no se te afloja. Está dura.

Era la primera polla sin ser la suya que tocaba Julio. Empezó a mover la mano, suavemente, arriba, abajo. Miró a Juan.

-¿Sigo?

-Uf…sí..sigue.

Aumentó el ritmo. Juan miraba como su amigo le hacía una estupenda paja. Lo hacía mejor que las pocas chicas que le había hecho una. Sólo un hombre sabe como hacer una paja como dios manda.

-Agggg cabrón..que gusto..sigue..sigue…Me vas a vaciar los huevos..

Julio notó en Juan las mismas señales que él emitía cuando se iba a correr. Gemidos más fuertes, el cuerpo tensándose, a polla endureciéndose más, y luego, el primer chorro que salía disparado de la polla de Juan para estrellarse contra su barriga. Julio acompañó cada espasmo de la polla con apretándola, lo que hacía que los chorros saliesen con más fuerza. Juan gemía de placer, con los ojos cerrados.

Cuando los abrió y miró, vio su pecho y barriga cubiertos por su semen. La mano de Julio, aún agarrando su polla, también estaba cubierta. Julio sonreía.

-¿Te ha gustado?

-Wow. Vaya pajote. Que gustazo, tío.

-Te toca.

Juan miró la polla de Julio, que daba saltitos solas, llena de excitación. Ahora no sería justo echarse para atrás, así que como hiciera antes Julio, alargó la mano, agarró la polla de su amigo y empezó a devolverle la paja.

Julio gemía también de placer. No aguantó mucho y se corrió entre gruñidos de placer. Los dos amigos se miraron. Ambos con las manos llenas del semen del otro. Ambos con las barrigas cubiertas de su leche.

-Pero sin mariconadas, eh? -dijo Juan

Los dos rieron con ganas, haciendo que la tensión del momento desapareciera.

Esa noche, Juan, acostado en su cama, pensaba en lo que Julio y él habían hecho. No se sentía gay. Le seguían gustando las mujeres. Pero tuvo que reconocer que le había gustado mucho la paja que le hizo Julio. Y que hacerle una a él no fue tan..malo.

Al día siguiente, sin embargo, los dos ya con toda la sangre en la cabeza ( la de encima de los hombros), sentían un poco de vergüenza, así que hicieron como si no hubiese pasado nada. Dejaron incluso un par de días de ver pelis juntos, y volvieron a las pajas solitarias.

Juan incluso ligó con una chica y se lo restregó a Julio por la cara.

-Jaja, capullito. Esta noche la meto en caliente, seguro. Me han dicho que esa tal Dolores en un volcán en la cama.

-No será para tanto. No será para tanto.

-Espero que me deje sequito. Jajaja

-Suerte, compadre.

Suerte. Sí, sí. Resultó que la tal Dolores, a pesar de tener una merecida fama de calentorra, tenía dolores. Dolores menstruales, que la tenían de mala leche.

Juan intentó meterle mano varias veces, pero ella le decía que no. Que es noche no tenía el horno para bollos. Él insistió, hasta que ella, de mala leche, le dijo que la dejara en paz.

-Joder tía, ¿Qué te pasa?

-Pues que me duelen los ovarios, coño.

-Mierda. Pues tómate un saldeva.

-Vete a la mierda, tío.

Juan estaba desesperado, con la polla a tope. Dolores estaba buena, y tenía un precioso par de tetas y un culito redondito y respingón.

-¿Me la chupas?

-No.

-Joder. Pues una pajilla, al menos.

-Vete a la mierda tío. Que te la menee tu madre.

Lo dejó compuesto y sin paja. Se volvió a su casa con el rabo entre las piernas. Con el rabo tieso, se entiende.
Por el portazo que dio y el ‘joder’, Julio comprendió que no había sido una buena noche.

-¿Qué?¿Calabazas?

-Jodía Dolores. ¿Pues no va la tía y me dice que le duelen los ovarios? ¿Qué más le daba hacerme una mamadita o un simple pajote? Las manos no le dolían, coño.

Julio miraba divertido a su amigo. Vio que tenía un gran bulto en los pantalones. Se apiadó de él.

-Si quieres, te hago yo una paja… sin mariconadas.

Juan estuvo a punto de mandarlo a la mierda, pero estaba cachondo, necesitaba descargar las frustración que tenía. La frustración y los huevos, todo hay que decirlo. Qué más daba si la paja se la hacía Dolores o Julio. Además, en esos momentos le caía mejor Julio que la zorra de Dolores. Así que se acercó a su amigo, que estaba sentado y se quedó de pie, a su lado.

No hicieron falta más palabras. Julio alargó una mano, le bajó la bragueta, y con dificultad consiguió sacarle la dura polla. La agarró y empezó una suave y lenta paja. Los dos amigos se miraron, y sonrieron.

-Gracias tío…ummmmm que bien lo haces, cabrón.
-¿Sí?

-Seguro que la meneas mejor que Dolores.

Julio se dio cuenta de que su propia polla estaba dura. Y no era por ninguna película. Era por hacerle una paja a Juan, por tocar su polla. Le gustaba aquella polla, sentirla en su mano. Caliente, dura.

-Aggggg que bien.. sigue….sigue…

Miró a Juan, que había levantado la cabeza y cerrado los ojos, disfrutando del estupendo pajote que le hacía. Volvió a mirar la polla. Vio que de la punta empezaba a salir líquido pre seminal. Con el pulgar lo quitó, pero salía más. Juan debía de estar muy cachondo. Y él también. Sus ojos seguían clavados en la polla que se deslizaba entre sus manos. ¿A qué sabría ese líquido?

Acercó su cara, sacó la lengua y lamió el capullo de la polla de Juan. Éste, al sentirlo abrió los ojos y miró a su amigo, que con la boca a escasos centímetros de su polla lo miraba. Durante unos segundos se quedaron mirándose. Y entonces, Juan acercó una mano a la cabeza de Julio y lo atrajo hacia su polla.

-Cómeme la polla.

No tuvo que hacer fuerza. Julio abrió la boca y se la metió dentro, empezando su primera mamada. Como hombre, sabía perfectamente como le gusta a un hombre que le chupen la polla, así que se arrodilló en el suelo delante de Juan y se agachó para que su cabeza quedara más abajo que la polla. Tenía que levantar la cabeza, y eso permitía a Juan tener una visión perfecta de su polla en su boca.

A Julio le gustó mucho ver la cara de placer de su amigo, que lo miraba desde arriba. Empezó a mover la cabeza, arriba y abajo. Se sacaba la polla y se la pasaba por la cara, sin dejar de mirar a Juan.

-Aggggggggg que bien..lo haces….

Juan llevó una de sus manos a la cabeza de Julio y llevó el ritmo de la mamada. Su gran amigo, un hombre, le estaba haciendo la que sin duda era la mejor mamada de su vida.. Como hacía cuando alguna mujer se dignaba chuparle la polla, le avisó que se iba a correr. Esperaba que como habían hecho todas, Julio se sacara la polla de la boca y lo hiciera correr con la mano.

Pero Julio no se la sacó de la boca. Siguió mamando con más ganas hasta que Juan no pudo más y se empezó a correr.

¡Y qué corrida! – Gimiendo como un loco de puro placer, empezó a llenarle la boca de caliente semen a Julio, que intentó tragárselo todo, pero debido a la inexperiencia y a la gran cantidad de leche, gran parte se le salió de la boca y bajó por su barbilla y su cuello. Juan, en la cumbre máxima del placer, miraba como su amigo del alma, con los ojos cerrados, se tragaba lo que podía de su inmensa corrida. Oía el sonido de la garganta al tragar.

Cuando el orgasmo terminó, se quedaron mirándose. La polla aún en la boca. Juan respirando agitadamente.
Julio se sacó la polla, aún bastante dura, de la boca.

-Vaya mamada. Me has dejado sequito.

-A mi…también.

-Coño. ¿Eres gay?

-No…. No lo sé. Juan…

-Dime

-Estoy..cachondo.

-No te la voy a chupar.

-Hazme un paja

Era justo. Se sentó a su lado.

-Sácatela.

Julio se bajó la bragueta y se sacó la polla. Juan enseguida se la empezó a menear. En menos de 10 segundos la polla empezó a escupir su blanco contenido, esparciéndolo sobre su pecho y barriga, así como sobre la mano de Juan.

-Joder, si que estabas cachondo, Julio.

-A tope tío.

-¿Te puso cachondo chuparme la polla?

Julio cogió la polla de Juan, aún dura, y la empezó a menear con suavidad. Cada uno tenía la polla del otro en la mano.

-Pues…la verdad es que sí.

-Hazme otra mamada. Sigo cachondo.

-Quítate los pantalones

En un santiamén Juan se quitó los pantalones y los gayumbos y se sentó cómodamente en el sofá. Julio se arrodilló entre sus piernas, mirando la polla que sin saber por qué tanto le atraía
.
-Cierra los ojos- le dijo- imagina que soy una mujer.

-Y una mierda. Me gusta ver como me la chupan.

Julio sonrió y se acercó. Sacó la lengua y la pasó a lo largo de la tiesa polla de Juan, desde la punta hasta los huevos, que lamió y chupó uno a uno. Luego, volvió a subir lamiendo hasta llegar al capullo. Lo chupó y después se metió la polla en la boca, empezando a mamar.

Juan miraba como su amigo le chupaba la polla. Lo hacía muy bien, el muy cabrito, dándole mucho gusto. Y en los ojos de Julio, fijos en los suyos, veía que él también disfrutaba de la mamada.

-A ver si puedes tragarte toda la polla, mamona.

Julio aceptó el reto y lentamente se fue metiendo más y más la polla. Llegó un momento en que tuvo arcadas, y con lágrimas en los ojos, se la sacó de la boca. Un hilillo de saliva colgaba desde su boca hasta la polla.

-Que no se diga. Inténtalo otra vez – ordenó Juan

Ahora aguantó la arcada y siguió metiéndosela. Sus labios llegaron al pubis. Tenía toda la polla en la boca, alojada en la garganta. Se sintió…orgulloso.

-Ummmm joder Julio…lo has conseguido. Eres una mamona de primera.

La mamada fue larga, lenta, llena de miradas, profunda. Juan gozó cada segundo. Y Julio también, pues se hacía una paja mientras le comía la polla a su amigo.

Esta vez ni una sólo gota se semen fue desperdiciada. Toda la leche bajó por la garganta de Julio hasta su estómago. El suelo también recibió su ración del semen de Julio, que lentamente se sacó la polla de la boca.

-Vaya mamada, tío. Mejor que cualquier mujer.

-Mierda, Juan. Me he corrido chupándote la polla. Me da que soy un poquito…mariquita.

-Jajajaja. ¿Y qué?

-Pues..que a mí lo que me gustan son las tetorras, los coños, los chichis, los potorros, los conejos, las conchas..
-Y mi polla

-Joder, y tu polla.

-Jajajaja.

Se fueron a dormir relajaditos los dos. Julio un poco más preocupado por su descubrimiento. Pero que coño. Si le gustaba, pues le gustaba y ya está. No era de los que se comían mucho el coco.

Por la mañana, Juan se levantó con la polla tiesa. No era una novedad. Siempre se levantaba con la polla tiesa. Alguna paja solía caer, si tenía tiempo. Tenía tiempo, pero en vez de una paja le apetecía más una de las estupendas mamadas de Julio, así que sin gayumbos y con la tiesa polla meneándose hacia todos los lados, se fue para el cuarto del nuevo mamador.

Estaba dormido. Sin hacer ruido se acercó y se arrodilló al lado de su cara. Le empezó a pasar la polla hasta despertarlo.

-Buenos día, tío. ¿Me comes la polla? Estoy cachondo perdío.

Julio, aún medio dormido, abrió la boca y Juan le metió la polla. Más que una mamada fue una follada de boca. Julio también se solía despertar con la polla tiesa. Juan vio la tienda de campaña bajo la sábana. No era justo que su mamador amigo no recibiera nada a cambio, así que se puso de manera que llegó con la mano derecha a la polla de Julio.

Mientras le follaba la boca, le hacía una buen pajote. Los dos muchachos gemían de placer, Juan por la mamada y Julio por la paja ( y por la mamada). Le gustaba tener la polla en la boca, oír a Juan gemir de placer.

-Agggg mamona…me vas a vaciar los huevos…

Eso hizo que Julio mamara con más ritmo, con más fuerza, y que se corriera, llenándole la mano a Juan de semen. Juan le soltó la polla y se miró la mano. La caliente leche de Julio le goteaba. Entonces, sin saber por qué, llevó la mano a la cara de Julio y le esparció su propia leche por la cara. Julio lo miró, sin dejar de mamar.

-Me corro tío, me corroooooooo

Las chicas que se la habían mamado nunca permitieron que se corriera en sus bocas, y menos aún en sus caras. Pero Julio no era una chica. Se había tragado con gusto su corrida dos veces. Después del primer chorro, le sacó la polla de la boca y se terminó de correr sobre su cara. Julio dejó la boca abierta.

La corrida mañanera fue bien abundante y sabrosa. Lo que le cayó en la boca, Julio se lo tragó con gusto. El resto también, pues Juan lo fue acercando a su boca con la polla, que Julio iba chupando.

Juan no sería gay, pero dejó de salir con mujeres. Con ellas no tenía más que calentones y muy de vez en cuando, algún polvete. Con Julio todo era más sencillo. Se la chupaba siempre que lo deseaba, y sólo tenía que meneársela a cambio.

Julio estaba encantado. Le gustaba cada vez más chupársela a Juan. Se hizo un experto en tragarse su polla.

Una tarde, en que arrodillado en el suelo con Juan de pie le comía la polla, le dijo.

-Juan, me da a mí que al final voy a ser mariquita, tío.

-No serás mariquita hasta que no te den por el culo. Tranquilo y sigue mamando.

-¿Quieres follarme?

-Joder. Pues sí, eres gay. No hay duda.

-¿Me follas?

-Te voy a romper el culito.

Julio se levantó y fue al baño a por crema. A mitad de camino, se paró en seco.

-Coño, somos dos tíos que viven solos. No tenemos cremas. JUAN! joder, no tenemos cremas.

-Espera.

Juan salió corriendo a su cuarto y volvió con un tubo de crema lubricante casi vacío.

-¿Y eso?

-Jeje, me gusta hacerme un buen pajote con las manos pringositas, aunque hace tiempo que no me hago pajas. Todavía queda un poco.

Julio se puso sentado en el sofá, con el culo en el borde. Juan se arrodilló en el suelo. Le dio el tubo de crema. Vio como su amigo se ponía una buena cantidad en los dedos y se untaba el culo. Los dos pollas estaban duras y listas.

-¿Estás seguro, Julito?

-Pues..no. Así que date prisa no vaya a ser que me arrepienta.

-De eso nada.

Acercó la polla al lubricado esfínter y empezó a empujar. Le costó meter la punta, pero con un golpe, la coló.
-Aggggggg coño, duele.

-No seas quejica.

-Jajajaja. ¿Eso les dices a las mujeres?

-Jajajaja. Pues no. Ninguna me ha dejado acercarme a su puerta trasera.

-Ve despacito.

Y fue despacito. La polla poco a poco se fue metiendo en el cálido y muy apretado culito de Julio.

-Ummmm tío..que gusto….que apretado estás.

-Siento que me vas a partir en dos. Métela toda.

Y toda la metió, hasta los huevos. La polla de Julio se movía sola.

-Uf, ya está. Tu primera enculada.

-Fóllame despacito. Me duele, pero también me gusta.

-Joder, y a mí.

Le sacó la polla hasta la mitad y se la volvió a meter. Poco a poco Julio se fue relajando y la velocidad de la enculada aumentó. Juan sentía mucho placer. Gemía. Julio también.

-Agggggggg que rico tío…dame por el culo…Tienes que probar.

-El mariquita eres tú.

-Fóllame más

Se lo empezó a follar más fuerte, metiéndole la polla hasta el fondo, con fuerza. Ya no había dolor, sólo placer. Placer que aumentó cuando Juan le cogió la polla y lo pajeó mientras lo enculaba. Los dos amigos, casi amantes, se miraban mientras follaban.

El doble placer que recibía Julio fue demasiado se corrió entre espasmos y gemidos, rociando su pecho con una impresionante cantidad de semen. Juan, sin dejar de encularlo, se lo esparció como si fuera crema solar.

-Te voy a llenar el culo de leche. Aggggggg que rico….te voy a follar todos los días, mariquita de mierdaaaaaaaaaaaaaa.

Julio sintió como el hirviente semen de Juan le golpeaba por dentro. Le encantó aquella sensación, aquel calor que lo quemaba por dentro.

Juan se quedó un rato mirándolo. No había sentido tanto placer follándose a una mujer. Le sacó la polla y se sentó al lado de Julio. Los dos con las respiraciones agitadas. Se miraron, y sonrieron.

Entonces, lentamente, Julio se acercó a él, acercó sus labios a los suyos, y lo besó. Un tierno beso que se transformó en un buen morreo. Juan cerró los ojos y abrió la boca. Las lenguas de los dos se entrelazaron la una con la otra. Se abrazaron, se acariciaron. Sintieron sus duras pollas frotarse la una contra la otra.

-Juan…si soy gay no me importa. Me ha encantado que me follases.

-Julito, amigo mío, a mí también me ha gustado mucho. Vete acostumbrándote.

-jajajaja. Voy a darme una duchita. Estoy todo pringoso.

Mientras Julio de duchaba, Juan pensaba en todo lo que estaba pasando. En lo que sentía. En lo que gozaba. En las malditas etiquetas. Hétero, gay. Mierdas.

Se levantó y fue al baño. Julio seguía en la ducha. Se desnudó y se metió en la bañara con él. Se volvieron a besar. Las pollas se volvieron a rozar la una contra la otra. Y Juan, lentamente se arrodilló delante de Julio. Se pasó su polla por la cara y se la metió en la boca.

-Ummm Juan….gracias…lo deseaba tanto…

-Y yo. Pero no quería reconocerlo.

Fue su primera mamada. La primera vez que una polla se corrió en su boca. La primera vez que se tragó el semen de Julio. Pero no fue la única. Vinieron muchas más. A los pocos días Julio le llenó el culito, primero de polla y después de leche.

domingo, 4 de octubre de 2015

Estopa: después del concierto.. mi hermano David y yo..

Pastillas para NO dormir..rumba al placer desconocido (o no)


Son las tres de la madrugada y no consigo dormir a pesar de
que estoy muerto de sueño. En parte se debe al cansancio acumulado durante la
gira y al hecho de cambiar de hotel y de cama casi a diario, pero el motivo principal
es que estoy so lo porque David, mi hermano mayor, se ha ido de marcha con
un par de chicas que estaban esperando nos a la puerta de los camerinos al terminar
el concierto.


No es la primera vez que ocurre lo mismo. Teóricamente es una
zona a la que no pue de acceder el público, pero siempre hay alguna 'zorrita' que
consigue colarse porque es amiga de la novia del guardia de seguridad, o algo
por el estilo. En este caso eran dos niñas pijas de unos 17 años que se
abalanzaron sobre nosotros pidiéndonos ("porfa, porfa, porfa") que les escribiéramos
una dedicatoria en uno de nuestros discos. Yo lo hice de mala gana
porque lo último que quería en ese momento era aguantar a dos chochos, pero
David esta ba encantando y empezó a tontear con ellas. Nos invitaron a una
fiesta privada en una discoteca, pero yo me disculpé dicien do que estaba hecho
polvo. Una de ellas se acercó a mi hermano y le susurró algo al oído. Él miró a
las dos, valorando la oferta, y después, guiñándome un ojo, me dijo: "Hermanito,
tú te lo pierdes". Y se fue con una chica en cada brazo.


Aunque creo que yo no estoy mal, sé que a las chicas les
gusta más mi hermano. Es lógico: él es el cantante, el centro de atención,
mientras que yo estoy en un segundo plano, acompañándole con la guitarra.
Además él tiene un aspecto de "chico malo" (su barba de tres días, su voz
ronca…) que las vuelve locas. Por un lado agradezco que me dejen en paz, pero
por otro me muero de ce los: celos de él, que puede follar todas las noches con
quien le apetezca mientras yo tengo que conformarme con hacerme una paja porque
ningún "niñito" de 17 años viene a mi ca merino a tontear y a pedirme que le
firme un autógrafo; pero, sobre todo, tengo ce los de ellas, esas hijas de puta
que se llevan a mi hermano, que le apartan de mí y hacen con él cosas de las
que yo sólo disfruto en mis sueños.


Así que aquí estoy, solo una noche más en este hotel, pensando
en mi hermano, intentando recordar cuándo empezó mi obsesión por él.


Recuerdo los juegos. Solía jugar con él y su dos mejores ami
gos en lugar de con los chicos de mi edad (yo tenía nueve años y ellos once),
así que siempre llevaba las de perder. Daba lo mismo que jugáramos a "indios y
vaqueros", a "guardias y ladrones" o a cual quier otra variante, porque a mí
siempre me tocaba el mismo papel: el prisionero. A David le gustaba
especialmente hacer de poli malo porque, al ser mi hermano mayor, podía hacer me
o decirme cosas que sus dos amigos nunca me hacían por temor a que el juego se
volviera demasia do realista y me echa ra a llorar. A falta de esposas, me
ataban las manos a la espalda con una cuerda y me llevaban a la "cárcel". Lo
primero que hacían era cachear me y desnudarme (aunque me dejaban puestos los
calzonci llos) para ver si lle vaba escondida algu na pistola. Luego em pezaba
el interroga torio. David se metía en el papel y añadía todos los insultos y
amenazas que cono cía, cosas del tipo "Si no me dices dónde has escondido el
dine ro, te voy a cortar los huevos, maricón" (y me agarraba del pito para que
la amenaza fuera más convencen te). Era un ritual que habíamos repetido mil
veces, así que estábamos perfecta mente compenetra dos: yo sabía que tenía que
empezar en plan chulo y acabar siendo sumiso y confesando mi delito. En el
fondo era como si jugásemos nosotros dos solos, como si sus dos amigos no estuvieran
allí. Sus insultos, su fuerza física al agarrarme del cuello, los
apretones en las pelotas… no puedo decir que me excitaran sexualmente (yo
tenía sólo nueve años), pero me gustaban. Y él también parecía disfrutar al
sentirse "un hombre".


Otra situación que tengo muy grabada en mi recuerdo ocurrió
cuando yo tenía doce años y él catorce. Era una noche de verano. Dormíamos en
una litera, él arriba y yo abajo. Me desperté en plena no che muerto de sed. No
quería despertar a nadie, así que cogí una pequeña linterna que teníamos en la
mesilla de noche y fui a la cocina a beber. Cuando volví a la cama, vi que
David había apartado las sábanas y dormía boca arriba. Le iluminé con la
linterna. Sólo llevaba puestos unos ajustados calzoncillos de algodón amarillo
pálido (unos que fueron muy habituales hace años). Me acerqué al borde de la
cama y estudié con detalle su estómago mientras subía y bajaba, y especialmente
su ombligo, del que partía una fina hilera de pelillos que terminaban en el
elás tico del calzoncillo. Me atraía irresistible mente su paquete, que parecía
aún ma yor a la escasa luz de la linterna. Quería acariciarlo, sentir su calor,
descubrir lo que había dentro. Le exploré sin tocarle, ponderé su peso, el tacto
de su piel. Deseaba catarle.


De pronto suspiró, balbuceó algo y se giró hacia mí. Me asusté
y apagué la linterna, pero poco después volví a encenderla porque su respiración
era muy lenta, revelando lo pro fundo de su sueño. Me acerqué a su cara.
Le observé atentamente, mi rostro inclinado sobre el su yo. Tenía los
labios entreabiertos y rese cos, y me hubiera gustado lamerlos ara
humedecérselos. Acaricié el aire con la lengua y con los die tes, boqueando
besos imaginarios como un pez fuera del agua. Estudié su pelo desor denado, su
cuello, la nuez ya prominente, el huequecito de la clavícula, sus pezones
oscuros y rugo sos. Al girarse, también se había llevado una mano hacia el paquete.
A la vez que se lo agarraba, tiraba hacia abajo del calzoncillo y dejaba
ver una densa y oscura mata de vello púbico. No estaba empalmado, pero era
deseable y suave. Acerqué mi nariz al paquete y a su mano y aspiré un olor muy
excitante que entonces, con doce años, no supe identificar: el olor que te
queda después de ha certe una paja. Deseé tener visión de rayos X para verle la
polla, aunque el recato de su sueño en calzoncillos también me parecía
fascinante.


En ese momento el ruido del camión de la basura justo debajo
de nuestra ventana despertó a David, que, enfadado y tapándose los ojos, dijo:


- ¿Qué cojones estás haciendo?


- Es que… tenía sed y he ido a la cocina a beber agua.


- ¡Pues apaga la linterna de una puta vez y métete en la cama!

Y así terminó aque llo. Él era bastante irritable en aquellos
años (supongo que, como todos los adolescentes, odiaba a su hermano pequeño),
así que me pro metí a mí mismo que nunca más le espia ría de esa forma por miedo
a que descubriera lo que de verdad estaba haciendo y se lo dijera a mamá o a
papá.


Pero las promesas se hacen para des pués romperlas, y eso es
lo que ocurrió el verano siguiente, cuando fuimos a pa sar quince días a la casa
de los abuelos en el pueblo.


Lo recuerdo nítidamente. Mientras yo jugaba en el jardín en
la parte del fondo, un sonido inconfundible llamó mi atención. David esta ba
de pie, meando, distraído, sin percibir mi presencia. Me fijé en los grados de
su bronceado veraniego, dibujados por calzoncillos y pantalones cortos, que
señalaban franjas de un atractivo irresistible sobre sus piernas y conducían a
la blancura de su entre pierna, interrumpida por la mancha oscora de su vello
púbico. Cuando terminó, sacudió su polla durante más tiempo de lo normal. Me
quedé observando la escena; un estremecimiento me invadió. Su polla me parecía
enorme comparada con la mía (él tenía quince años y yo, con trece, era práctica
mente un niño; sólo hacía tres meses que me había cambiado la voz), y me hizo
sen tir por primera vez una sensación que nunca me abandonó.


Los días siguientes me dediqué a esperarle. Pasé muchas
horas encima de un árbol, en una espera tanto o más excitante que su resultado.
Me producía un intenso placer la sola posibilidad que se repitiera la escena,
y sospecho que él lo adivinaba. Le deseaba. Sabía que ese deseo me colocaba
para siempre en un lugar diferente del resto del mundo, que era un pasaje
directo al infierno de los pecadores, pero quedarme sin eso me parecía el
propio infierno.


Desde entonces han pasado diez años y muchas cosas: el curro
en la factoría de coches, las primeras maquetas, el primer disco… Sigo "enganchado"
a mi hermano, pero intento superarlo para no volverme loco. La vida es
una serie de ges tos: una mirada, una caricia, una palabra…, y yo me he
convertido en una especie de ladrón. Le robo a David pequeños momentos: un día
le apreté contra mí en la moto; otro, dormimos juntos (sólo dormimos) en un
hotelucho de mala muerte. Y con eso normalmente me con formo, pero de vez en
cuando tengo un día, o una noche co mo hoy, en que todo parece volver a empezar
y no consigo quitármelo de la cabeza. ¡Dios! Tengo que dormir algo o mañana
estaré muerto.


De pronto oigo que la puerta se abre. Es mi hermano, que vuelve
de su fiestecita. Puedo distinguirle con la tenue luz que entra por la
ventana. Por su forma de andar me doy cuenta de que está un poco borracho.
Busca el cuarto de baño tanteando la pared, lo encuentra y enciende la luz.
Desde mi cama puedo ver todo lo que hace: se lava la cara para despejarse, se
mira en el espejo unos según dos, se vuelve hacia la taza y levanta la tapa.
¡Oh, Señor, por favor, que no cierre la puerta! Lentamente se desabrocha el
pantalón, lo baja ligeramente y se saca la polla. Las ganas de mear deben
habérsela puesto dura, así que tiene que inclinarse hacia delante y empujarla
hacia aba jo para no hacerlo fuera. Cierra los ojos y suspira aliviado. La meada
es larga, po tente. Yo estoy paralizado por la excitación y apenas me atrevo a
parpadear para no perderme un segundo del espectá culo. Por fin termina, pero se
queda en la misma postura: de pie, con los ojos ce rrados y agarrán dose la
polla. Pa sados unos segundos, empieza a meneár sela lentamente. Co ge un poco
de saliva con sus dedos, se humedece el glande y continúa. Yo también empiezo a
hacerme una paja mientras le miro. De repente se para y me mira pensativo.
Cierro rápidamente los ojos para hacerme el dormido, pero después me doy
cuenta de que él no puede verme por que la cama está en la parte oscura de la
habitación, no en la zona iluminada por la luz del cuarto de baño, así que los
abro de nuevo unos segúndos después. Entonces veo que se está abrochando los
pantalones. ¡Se acabó el espectáculo! Apaga la luz del cuarto de baño y se
dirige hacia mi cama.


- Jose, despierta, ten go que hablar contigo –y me zarandea
ligeramente. Yo me hago el dormido, pe ro como él sigue insistiendo, no me queda
más remedio que "despertarme".


- ¿Qué pasa? ¿Quie res contarme lo bien que te lo has montado
con esas dos tías? ¡Déjame en paz! Necesito dormir.


Él no acepta mi negativa, así que me quita la almohada y
empieza a atizarme con ella, como tantas veces hicimos cuando éramos niños.


- ¡Eh! ¿Qué haces? –le digo.


- ¡Pelea si eres hombre!


Yo aparto las sábanas y entro en el juego. Peleamos de broma,
se pone encima de mí en la cama y consigue sujetarme ambas manos contra la
almohada.


- Eres mi cautivo, mi prisionero –dice él, medio riéndose.
¡Si supiera hasta qué punto eso es cierto!


- Está bien, ¡qué cojones es eso tan importante que tienes
que decirme! –le digo, simulando un en fado que esconde mi curiosidad.


- Pues verás. Esas zorritas con las que me fui, al final resultaron
ser unas calientapollas. Después de ponerme cachondo con sus
tonterías, se rajaron cuando lle gó el momento de la verdad y se largaron a casa
asustadas, así que mira cómo estoy.


Como me tiene suje to por ambas manos, dirige una de ellas a
su paquete para que lo compruebe por mí mismo. Yo intento apartar la mano como
si hubiera tocado un cable eléctrico, pero él tiene más fuerza y me obliga a
sobarle. Sonríe, acerca su boca a mi oído y, con su voz grave que me taladra el
cerebro, dice:


- Necesito bajar a esta hija de puta o no podré pegar ojo en
toda la noche. Necesito que me hagas una mamada.


Yo me quedo petrificado. No necesito fingir mi sorpresa
porque es auténtica.


- ¿Por qué… piensas que quiero chupártela?


- Bueno, tú eres gay y yo soy sexy. ¿Qué más necesitamos?


- ¡Yo no soy gay!


- ¡Oh, vamos! ¿Es que crees que no me he dado cuenta de cómo
miras a los tíos? ¿De cómo me miras a mí? Sí, sí, no pongas esa cara. Sé que te
gusto, y lo entiendo, porque estoy bueno.


Supongo que es difícil ser humilde cuando tienes un pedazo de
polla como el suyo. Debería ceder y chupársela de una vez, pero me resisto como
si temiera una trampa en su tentadora oferta.


- ¡Pues no lo haré!


Él me sujeta de nuevo las manos contra la almohada y se burla
de mí.


- ¿Y qué vas a hacer? ¿Chivarte a mamita? "Mamá, David
quiere que le chupe la polla". ¿O tal vez al viejo? "Papá, papá, que David
quiere follarme". Seguro que él me bajaría los pantalones y me daría una buena
azotaina en el culo con el cinturón. Eso te excitaría, ¿verdad, maricón?


Sé que el insulto es parte del juego, así que no lo tomo en
serio. Él sigue frotándose contra mí y, como la serpiente ofreciendo la fruta
prohibida, me susurra al oído:


- ¿A qué vienen tantos melindres? Tú también estás
empalmado.


Para cerciorarse, me suelta una mano y me soba la polla por
encima del pijama.


- ¡Vaya, vaya! Se nota que somos hermanos. Algún día
tendremos que medírnosla para ver quién la tiene más grande.


- ¡Basta ya! Me rindo. Haré lo que quieras.


Con la mano que me ha dejado libre, intento hacercarle a mí
para besarle, pero se aparta.


- No, nada de besos en la boca. Los besos te los guardas
para tu novio.


- No tengo novio –confieso avergonzado.


- ¿De verdad? ¡No te estarás reservando para mí!


- Pues… –No se lo puedo decir. Sería una locura–. Conozco a
alguien, pero él no me quiere. Yo debería renunciar porque sé que con él no
tengo posibilidades; sería lo más sensato, pero no soy sensato.


- ¡Pobrecíto, nadie te quiere! Pero aquí está tu hermano
mayor para consolarte y para que te olvides de ese cabrón que te hace sufrir. Y
basta ya de hablar. Demasiada cháchara para un polvo.


Así que se pone de pie y tira de mí para que yo también me
levante. Se nota que sus movimientos todavía están influidos por el alcohol.
Empieza a desabrocharse el pantalón, pero le detengo. Quiero hacerlo todo yo.


Me acerco a él, paso la mano por los bolsillos traseros y
por la costura de los tejanos y aprieto mi muslo contra su entrepierna para
sentir su polla empalmada. Me gustaría sacársela ya, pero no me atrevo a ir tan
deprisa. Él se deja hacer. Excitado, se restriega contra mí con tanta fuerza
que, si sigue así, se correrá inmediatamente, vestido y todo. Levanto la parte
inferior de su camiseta y la deslizo sobre el estómago duro y musculoso. Es una
camiseta muy ceñida y me limito a enrollarla bajo las axilas. Me aprendo de
nuevo su cuerpo porque mis recuerdos se han quedado anticuados. Tiene un
cuerpo magnífico, duro. Se le nota, se nos nota a ambos, los años de trabajo
duro en la factoría. Quisiera no empalmarme para poder seguir contemplando con
calma este paisaje único. Lo recorro minuciosamente: le chupo el cuello, los
hombros, las tetillas. Tiene unas tetillas bonitas, con los pezones pequeños,
duros y protuberantes, sin na da de vello. Retuerzo suavemente sus pezones y
luego, mirándole a los ojos con apasionamiento, le me-to mano al paquete, le
bajo la bragueta, le manoseo un poco. Se nota que no está acostumbrado. Unos
dedos masculinos bajo la ropa constituyen para él una sensación nueva.


Desciendo al ombligo, se lo beso, le lamo los pelos de
alrededor. Me encanta su ombligo, un botón duro. Llego a las caderas y a los
muslos. Le desabrocho el pantalón y se lo bajo. Al ver cómo el sucinto
calzoncillo azul retiene su polla, casi me siento enfermo de deseo; se la
acaricio y beso a través del suave algodón. Mientras yo hago todo esto, él
permanece quieto, con los brazos separados de los costados e impasible, como un
niño en el consultorio del médico, o una persona a la que toman medidas para un
traje. No hace gesto alguno hacia mí. Está serio, parece reacio a bajar la
vista para mirar cómo su polla entra en la boca de otro hombre. Quiero que esté
completamente relajado, que disfrute sin pensar que es su hermano el que se la
está chupando. Así que pronuncio las cuatro palabras mágicas que funcionan con
cualquier hombre:


- ¡Tío, la tienes enorme!


Él sonríe satisfecho, pero sigue con la mirada perdida en el
vacío; sé que no es a mí a quien desea. En alguna parte, allá fuera, está la
chica que él ama, pero ahora se contenta con esto. Siento que me estoy
beneficiando de una pasión acumulada y destinada a otra persona, pero que
ahora se desborda y me salpica.


Le descalzo, le quito los pantalones y termino de sacarle la
camiseta, pero le dejo puesto el calzoncillo. Su polla tiesa muestra su
contorno a través del algodón estirado. Yo me quito el pijama rápidamente
mientras le miro las piernas, donde todavía tiene las señales del bronceado
veraniego. Ahora estamos los dos en calzoncillos, restregando nuestras pollas
duras a través de esa fina tela de algodón. Deslizo una mano por sus nalgas,
pero él se sobresalta, así que la retiro inmediatamente. Le paso la mano por el
pecho. El corazón le late con fuerza; noto toda la tensión en su postura rígida.
Empieza a tirar de sus calzoncillos, impaciente por quitárselos. Mis labios
descienden hacia el elástico, lo levanto con un dedo y lo bajo unos
centímetros, descubriendo el vello púbico. Por encima asoma su polla oscura, el
prepucio estrecho, bajo el cual aparece un glande más oscuro todavía. Por fin
le desnudo del todo. Quedo fascinado al verle en cueros por su manera de llevar
la polla y los huevos. ¡Cuántas veces he soñado con esta polla! Meto la lengua
en todos los pliegues, chupo los huevos, lamo los muslos, le olfateo como un
perro. Reconocería este olor entre un millón.


Y finalmente la polla. La miro, la toco, la manoseo, la
engullo. La sopeso en mi lengua, noto su cabeza roma contra el velo del
paladar, empujando hacia mi garganta. Él me acaricia el pelo mientras empiezo a
mamársela. Le trato con suavidad, acariciándole, dándole cautelosos
mordisquitos gatunos. Y él empieza a responder, al principio emitiendo leves
murmullos de placer, pero después repitiendo frases que habrá aprendido de
películas porno americanas mal dobladas:


- Así –susurra–, chupa esa polla, sí, trágatela entera,
siéntela en tu boca. Te gusta mi enorme polla, ¿verdad?


Es como estar chupándosela a Jeff Stryker… y eso me excita
aún más. Me gustaría alargarlo eterna-mente, pero a la vez quiero que se corra
ya, así que empiezo a hacerle una paja mientras tengo la boca abierta a un
centímetro de su polla para recibir su descarga. De pronto él me sujeta la mano
y exclama:


- ¡No, para, para!


- ¿Qué pasa? ¿Te estoy haciendo daño?


- No, no es eso.


Me agarra por las axilas, me hace levantar, me mira con
lujuria y dice:


- No quiero correrme todavía. Quiero follarte.


Le miro sorprendido y le pregunto:


- ¿Has follado alguna vez a otro tío?


- No, pero he follado con una tía… por detrás.


- ¿Ah, sí?


- Ajá.


- ¿Y te gustó?


- Bueno… –Hizo una mueca–. Me lo pasé bien y todo eso, pero
luego… da un poco de asco pensarlo. Ya sabes lo que quiero decir, ¿no?


- Pues hazlo y no lo pienses.


Entonces comienzan las sorpresas. Los dos estamos de pie, yo
todavía con los calzoncillos puestos. Se coloca detrás de mí y me abraza. Al
principio me da miedo. Pienso que una vez que empiece, le sofocarán, le
asustarán mis necesidades sin límites, y se alejará de mí con una risita de
desprecio. Después veo que no he tenido en cuenta su propia curiosidad: lo que
él busca es diversión, una experiencia, un disparate. Y quizás le excita el
poder que tiene sobre mí, porque ha descubierto que es mi puto amo.


Ahora soy yo el que se deja hacer. Se pega a mi espalda, noto
su polla presionando en mi culo a través del calzoncillo, me soba el paquete,
me mete su lengua en la oreja, me muerde el cuello y frota su fino bigote y su
áspera perilla contra él. Si no me estuviera sujetando con su abrazo, me caería
al suelo, derretido de puro placer.


Me quita el calzoncillo y empieza a curiosear en mi culo. Me
lo he afeitado hace poco, así que es de una suavidad cremosa. Él se da cuenta y,
sorprendido, me susurra al oído:


- ¡Mmmmm! Me gusta. Quiero meter mi polla en este culito
ahora mismo.


Me agarra y me lleva a la cama. Hay unos minutos iniciales de
refriega bastante apasionada mientras nos familiarizamos mutua-mente con las
querencias del otro. Al final me coloco boca arriba, con los pies oscilando por
encima de su cabeza. Su polla parece gruesa y amenazante entre mis muslos, con
su glande empujando bajo mis huevos. Estamos tan excitados que ninguno de los
dos echa de menos un lubricante. Un dedo… dos dedos… y ya la tengo dentro.
Siento la necesidad de mirarle a la cara y de leer lo que está haciendo en sus
muecas de placer y en sus gritos sofocados, en la mezcla inmediata de
agradecimiento y repulsión cuando me mete la polla hasta los huevos. Levanto
una mano temblorosa para acariciarle el pecho y los pezones, duros como
tachuelas. Estoy loco de amor.


Mientras se instaura la cadencia regular de la penetración,
me parece percibir en su mirada un deseo de castigarme, de darme mi merecido;
pero sólo es un momento, porque enseguida veo el placer estirarse dentro de él.
Me está follando como un soldado que hace flexiones: diez, veinte, cincuenta…
No hay más que el mete y saca de su polla en mi culo. Está sin fuerza, sin
aliento. Tiene el pecho y la cara bañados en sudor: salpica como un pugilista,
el pelo empapado le cae por la frente. Me mira sin verme. Veo en su cara que no
es en mí en quien piensa.


Ya casi estamos acabando. Sin querer, sale de mí por un
momento. Quiere metérmela otra vez, pero le arrebato la polla de la mano
("Déjame a mí") y la junto con la mía, iniciando una paja frenética. La
sensación al empuñar las dos pollas a la vez es increíble. "¡Me corro!", le
aviso. Él apenas puede hablar por la excitación y el cansancio, pero por su cara
y su respiración entrecortada sé que también está a punto. Dos chorros
simultáneos de esperma inundan mi cara y mi pecho, y un segundo después él se me
echa encima completamente exhausto.


Le abrazo mientras le beso castamente en la mejilla. Noto
su respiración agitada y caliente en mi oreja; el latido acelerado de su corazón
contra el mío. Le acaricio la espalda mientras restregamos nuestros cuerpos
húmedos de sudor y esperma y nos estremecemos con los últimos coletazos del
orgasmo.


¿Alguna vez has salido a gatas de la cama, agotado después de
echar un polvo tan intenso que te obligó a confesarte: "Si muriese ahora,
moriría feliz"? Así me siento yo en este momento. Y creo que para él tampoco ha
sido un simple polvo de fin de semana.


Pasan unos minutos en los que ninguno de los dos dice nada.
Finalmente, él se gira, me desmonta y se tumba a mi lado, nuestras cabezas
juntas en la almo-hada. Intento no ponerme pesadito, no abrumarle con mis
arrumacos. Extiendo, como por descuido, un brazo sobre su vientre cálido. Me
gustaría abrazarle, apoyar mi cabeza en su pecho, pero en lugar de eso le
observo. Tiene los ojos cerrados, aunque no puede estar dormido ya porque el
corazón le late muy fuerte. Abre los ojos, se vuelve hacia mí y sus manos se
deslizan bajo mi cuerpo. Me abraza y yo me aferro a él más todavía. Susurrando,
me pregunta:


- ¿Estás bien, hermanito? No me habré pasado de la raya,
¿verdad?


Yo me siento tan feliz que no puedo contestar. Una sonrisa y
una palmada cómplice en su brazo sirven como respuesta. Le paso una mano por
el cuerpo y entre las piernas. Está su dado y pringoso, igual que yo, así que
acepta mi proposición de ducharnos juntos.


Yo abro el grifo de la bañera y pongo el tapón mientras él
busca el gel de baño y una esponja. Nos metemos y cambio el mando del grifo
para mojarnos con la ducha. Después lo cambio de nuevo para que la bañera siga
llenándose. Él coge la esponja para enjabonarse, pero le digo: "No, sin
esponja. Déjame a mí". Sonríe y la tira al suelo. Echo una buena cantidad de
gel en mis manos y le enjabono primero los hombros, la espalda y el culo.
Después le giro y repito la operación en el pecho, el estómago, la polla y
los huevos. Su cuerpo es tan apetecible que me gustaría comérselo a
mordiscos. Se contonea con la polla y el culo enjabonados. Está empalmado otra
vez, y yo también. Él propone una partida de nabo de hierro, polla contra polla:
gana el que consiga doblar la polla del otro. Por supuesto, gana él.


Le miro con adoración. Pienso: No debo decirle "Te quiero",
aunque ésas son las únicas palabras que me vienen a la mente. Él sonríe.


- David, quiero pedirte algo –le digo.


- Follarme no –dice él rápidamente. ¿Por qué todos los
heteros dan por des contado que queremos darles por culo?


- No, eso no. Lo que me gustaría es… besarte.


- ¡Besarme! –Se echó a reír–. Claro, por supuesto. Como
premio por habérmelo hecho pasar tan bien.


Con la mano izquierda le froto despacio la base del cuello.
Su pelo parece cortado al cero, fino y erizado en la nuca. Le paso una y otra
vez mis dedos incrédulos por la cara y por el cuello, le beso los párpados, la
nariz… Me acerco más a él, a su cuerpo cálido y fuerte. Me enjabono frotándome
contra él. Nuestras pollas chocan como dos arietes, se restriegan una con
otra. Le recorro la mandíbula con mi lengua y se la introduzco en la oreja.
Después me voy a su boca. Chupo sus labios. Le beso la boca, los ojos cerrados,
le muerdo las orejas, se las chupo. Hace tanto tiempo que deseaba besarle, que
me aferro a él y meto mi lengua hasta el fondo de su garganta; la retiro
entonces y le muerdo los labios. Él no puede resistirse, está asombrado, no
puede continuar impasible. Noto que las yemas de sus dedos se posan tímidamente
en mi estómago y poco después me tocan la polla. La menea unas cuantas veces de
forma inexperta, como si nunca le hubiera hecho una paja a otro tío.


- Mejor cada uno la suya –le digo.


Y mientras seguimos besándonos con los ojos cerra dos,
empezamos a hacernos una paja. Primero muy lentamente, deleitándonos en el
suave y húmedo roce de pollas, cuerpos y lenguas; después, inevitablemente más
rápido, confundiendo en nuestro pensamiento pollas y lenguas, como si el beso
fuera en realidad una mamada. Al final nuestra respiración es tan agitada que
tenemos que dejar de besarnos para que coger aire. Cuando noto que me voy a
correr, abro los ojos y le pido en un susurro: "¡Mírame, mírame por favor!" Él
lo hace y, mientras nos corremos, yo no puedo evitar un "Te quiero" casi
inaudible que se mezcla con su gemido de placer.


Agotados, nos sentamos en la bañera, que ya está llena. Al
principio el agua parece demasiado caliente, pero pronto nos acostumbramos. La
ligera sensación de ingravidez en brazos y piernas que produce tenerlos bajo
el agua es fantástica, muy relajante. Yo estoy detrás de él, abrazándole. Él
está echado hacia atrás, apoyando su cabeza en mi hombro, con los ojos
cerrados. Es todo mío. Al cabo de unos minutos de silencio, mientras le
acaricio los pezones, le digo:


- Besas bien.


- Eso me dicen.


- ¿Quiénes? ¿Las chicas?


- Sí.


- ¿Cómo beso yo comparado con ellas?


- No lo haces mal.


- ¿Y qué tal la chupo?


- Distinto. Mejor. Con más… entusiasmo.


Después de un nuevo silencio, le pregunto:


- ¿Quién fue la primera persona con la que te acostaste?


Pausa.


- No lo sé… ¿Podrías precisar qué entiendes por "acostarse
con alguien"? ¿Quieres saber a quién se la metí primero? ¿Cuántos centímetros
tuve que metérsela para que entre en la categoría de "acostarse con alguien"?


- ¡Dios, qué complicado eres! La primera persona a quien se
la metiste toda…, la chica. ¿Fue una chica?


Él se enfada.


- ¿Tienes la energía suficiente para preguntarme una cosa
así a las cinco de la mañana? Primero me someterás a un interrogatorio
agotador, después tendrás pesadillas y por la mañana estarás de mal humor; y
luego soñarás despierto con toda clase de fantasías sexuales. ¿Es eso lo que
quieres? ¿Y sentir celos de lo que he hecho y de con quién lo he hecho?


- Sólo era una pregunta… Tenía curiosidad, nada más
–respondo, avergonzado por su reprimenda.


Dicen que conseguir lo que siempre has deseado es el
principio del fin, y empiezo a pensar que es cierto. Intento adivinar si
volveremos a hacerlo o si lo haremos sólo una vez más o si lo haremos mil
veces; si esto también ha significado algo para él o sólo ha sido un
pasatiempo. Así que no puedo evitar hacerle una última pregunta:


- Lo que hemos hecho esta noche, ¿volveremos a hacerlo?
Necesito saber si puedo esperar.


- ¡Joder, tío! Lo hemos hecho y ya está. No te pongas
sentimental. Es sólo sexo.


Enfadado, destapa la bañera tirando de la cadeníta con un
pie. El nivel del agua baja rápidamente, haciendo que lo que antes era calor e
ingravidez se convierta en frío y pesadez. Me siento fatal. Él intenta
levantarse, pero se lo impido abrazándole con fuerza.


- ¡No te vayas! ¡Perdóname, David, por favor! –le suplico.


- ¡Suelta, coño! ¡Que sueltes, te digo!


Él se escapa de mí sin que pueda evitarlo. Cierro los ojos
con desesperación.


- ¡Jose, Jose! –me llama y me zarandea.


Abro los ojos.


Le miro desconcertado. Está de pie, vestido, inclinado sobre
mí. Sostiene la al-mohada que acaba de quitarme, la que yo tenía abrazada.
Tengo frío por-que ha abierto la ventana y yo estoy en calzoncillos,
desarropado encima de la cama. Me habla de nuevo, y en su aliento y su voz
noto que está un poco borracho.


- Jose, despierta, tengo que hablar contigo..







Arda Turan.. Durum, Kebab, Lahmacun..pollón futbolero